¿Quién es el protagonista de tu vida?

Hoy queremos comenzar esta reflexión contigo haciéndote una pregunta: ¿Quién dirige tu vida? ¿Quién es el protagonista?

Descubrir esto es fundamental. Porque si eres tú mismo el protagonista, el guía, el conductor de tu vida… entonces, déjame decirte, estás en serios problemas. ¿Hacia dónde vas? ¿Quién o qué marca tu camino? ¿Estás seguro de no equivocarte jamás, de dar los pasos acertados en cada ocasión?

Muchas veces podemos caer en el error de pensar que el autor principal de nuestra vida espiritual somos nosotros mismos. Sin embargo la Palabra de Dios nos descubre otra cosa: “Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios…” (Rm 8,14). Esto significa que si quieres vivir verdaderamente como hijo de Dios, entonces el guía de tu vida tiene que ser el Espíritu Santo.

Y, dime: ¿No es cierto que muchas veces necesitas que te ayuden a ver el camino? ¿No es cierto que en tu vida sueles experimentar la necesidad de un guía, un conductor, un maestro para tener la seguridad del éxito? ¿Cuántas veces te sientes perdido, sin saber qué hacer ante ciertas situaciones? Dale el protagonismo al Espíritu Santo, déjalo que Él asuma el control de tu vida y verás…

ES IMPORTANTE DEJARSE GUIAR

¿Qué significa guiar? Guiar es llevar, mover, educar, conducir, formar… Entonces, dejarte guiar por el Espíritu Santo quiere decir que tú le vas a dar a Él la oportunidad de que sea Él quien te lleve, te mueva, te eduque, te conduzca, te forme. Y aquí volvemos a la pregunta del principio: ¿Quién guía, lleva, mueve, educa, conduce, forma tu vida espiritual? ¿Quién es protagonista de tu vida espiritual? ¿Es el Espíritu Santo o eres tú mismo?

Si de verdad quieres vivir tu vida cristiana necesitas vivir en el Espíritu y desde el Espíritu, en Cristo y desde Cristo. Él debe ser el gran protagonista y tú debes dejarlo hacer. Si eres tú quien dirige tu vida, entonces estás viviendo una vida de paganismo, aunque quieras barnizarla de cristianismo.

Hay que respetar el protagonismo del Espíritu Santo y no estorbar su obra, ser dócil y no tenerle miedo a su acción. Hay que aprender a reconocer su protagonismo y cooperar con Él.

Para esto debes aprender a crear el mejor ambiente, tanto por dentro como por fuera. Por dentro con disposición, con deseo, con una actitud de abandono, de apertura a su gracia, cooperando con Él, quitando todo obstáculo de pecado, toda desconfianza o razonamiento que te impida el dejarte guiar.

Externamente, creando un ambiente de reflexión, de meditación sobre su Persona y su acción, invocándole con frecuencia, de manera humilde, sencilla, como el que está necesitado, en oración, en compañía de María, en obediencia a la voluntad del Señor, viviendo el silencio no como ausencia de palabras sino como presencia de Dios. Además, evitando todo lo negativo, como la mucha actividad, la poca reflexión, la insuficiente oración, el ruido constante -interior y exterior- que acalla la voz del Espíritu, la soberbia, la inconstancia, etc.

LA ACCIÓN DEL ESPÍRITU SANTO

Eres espiritual en la medida en que tus acciones proceden del Espíritu Santo y no de tu propio espíritu o de tu carne. Eres espiritual en la medida en que te dejas educar por el Espíritu Santo.

Los verbos que hablan de la acción del Espíritu Santo son:

  • guiar
  • conducir
  • educar
  • impulsar
  • regir
  • mover
  • traer
  • llevar
  • ejercitar

Todos ellos marcan de parte del hombre una acción pasiva: DEJARSE. Esto implica dejar a Dios ser Dios en tu vida y ocupar tú el lugar que te corresponde: Si Él es el que guía, tú el que se deja guiar, el que deja que le muestren el camino y luego va por él. Si el Espíritu Santo es el que educa, tú eres el que quiere aprender y el que se deja enseñar.

No se trata de que desaparezcas, sino de que hagas lo que te toca para que Él sea el protagonista, para que Él tome la autoridad que le has conferido y para que vea tu deseo de aprender y de hacer su voluntad. El “hágase” de la Virgen María en la Anunciación está en esta línea, como veremos más adelante.

EL ESPÍRITU SANTO ES EL PROTAGONISTA

¿Qué significa ser protagonista? El protagonista es el que hace el papel central, el que lucha en primera fila, el que se lleva todos los créditos. Muy bien lo descubrió San Juan Bautista: “Aquel que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no soy digno de llevarle sus sandalias” (Mt 3,11). ¡Qué conciencia del protagonismo de Jesús! Él estaba dispuesto incluso a desaparecer “para que Él crezca y yo disminuya” (Jn 3,30).

La actitud que Dios espera de ti es que “te dejes”, que “consientas”, y consentir es permitir, es creer teniendo por cierto aquello, admitir una intervención. Entonces debes aprender a consentir su acción, pero consentir con pasión y no de manera pasiva. Dios espera que pongas todo de tu parte para que Él pueda obrar. Esto es muy distinto a solamente aceptar su acción como si no quedara otra opción.

La pasividad no es cristiana ya que la mística cristiana es consciencia, es libertad de acción. Por ello en el consentir hay una gran lucidez: eres consciente y estás de acuerdo.

La mística es el predominio de Dios, ¡y de Dios Espíritu Santo! La ascética es el predominio de la acción del hombre, pero no en exclusiva. Porque Dios hace si tú le dejas hacer y solo así te transforma. Esto significa que el Espíritu Santo requiere de tu consentimiento, de tu acción, y esto excluye toda pasividad.

Consentir de manera activa es decir “Sí” como María, es decir “hágase” y no poner limites, ni condicionamientos, ni reparos, ni querer sacar ventaja. Consentir de manera activa es decir “hágase” y estar desprendido de ti mismo, ser pobre para poseerlo a Él (Cf. Mt 5,3). Es decir que “sí” y no poner dificultades, es abrir el propio espíritu para que lo habite el Espíritu de Dios, es limpiar el corazón para que pueda actuar con entera libertad en nosotros (Cf. Mt 5,8).

Porque Dios respeta tanto tu libertad que nunca entrará sin que tú lo consientas: “Mira que estoy a la puerta y llamo, si tú me escuchas entraré en tu casa y me quedaré contigo” (Ap 3,20). Las puertas a las que Jesús toca solo se abren por dentro. Y Él llama suavemente porque es infinitamente delicado, porque no desea violentar tu conciencia y tu libertad. Dios da a todos la luz suficiente para que el que quiera se convierta pero solo el de corazón limpio y el que desee escucharle, lo escuchará. Por eso decía San Agustín: “Temo que el Señor pase de largo” y yo no le abra la puerta porque no me di cuenta debido al ruido que hay en mí.

Debes ser una puerta abierta para el Espíritu Santo. Eso es consentir; decirle: “entra y haz lo que quieras en mí”. Abrirte a Él es decirle “amén”, “así sea”, “hágase”… Y decirlo con toda tu alma, deseando que se cumpla en todo su voluntad. Decirle: “No solamente te dejo hacer, sino que quiero que lo hagas, mi Señor”.

Esta es la verdadera mística: dejarle hacer, respetar su protagonismo, consentir. Es algo comprometido y comprometedor.

LA PARTICIPACIÓN ACTIVA DE MARÍA

Para crecer en esta experiencia debes ponerte en contacto con María. Ella es quien más y mejor supo “consentir”, “dejar hacer” al Espíritu Santo, y ya sabes cómo su presencia fue fundamental en Pentecostés.

Por eso María puede ayudarte a que el Espíritu que actuó en Ella con libertad lo haga también en ti con una vivencia que te ayude a cambiar tus actitudes vitales desde la raíz. Así podrás fallar en hechos pero no en actitudes fundamentales.

La actitud que se requiere ante el Espíritu Santo es una disposición permanente y habitual, que permita a Jesús y a María ser en ti. Porque Jesús afirma y confirma tu vida cristiana. Y es misión del Espíritu Santo y de María hacer que te parezcas a Jesús.

¿Y tú? ¿Cómo vives este protagonismo del Espíritu Santo en tu vida? Te invitamos a que compartas tus experiencias en los Comentarios de más abajo.

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¡Que Dios te bendiga!


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