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Todos necesitamos de misericordia porque vivimos en un mundo imperfecto. Seguramente conoces a tu alrededor personas que han sufrido la muerte de un familiar, una enfermedad grave, un divorcio, un despido laboral o alguna otra tragedia personal. Tal vez tú mismo te sientes víctima de alguna de estas calamidades. Seguramente has escuchado relatos impactantes de violencia, opresión, pobreza, prejuicios, abusos… Todos los días los ves en la televisión o en internet.

Y aunque ni tú ni yo podemos evitar que sucedan cosas malas, sí podemos ser misericordiosos. Tú puedes decidirte a hacer de tu entorno un lugar donde reine la misericordia. Especialmente en este tiempo de Cuaresma te proponemos trabajar en esta hermosa virtud de la misericordia que nos asemeja a Dios.

 

¿Qué es la misericordia?

dios-misericordiosoTenemos la tendencia a relacionar la misericordia con el sentimiento de compasión. Creemos que se trata de sentir “piedad”, y hasta “lástima” por el dolor o los sufrimientos de los demás.

Pero la palabra misericordia tiene un significado mucho más profundo. Tener misericordia significa que nos adentramos en el sufrimiento de la otra persona. Sentimos su dolor como propio, vemos a través de sus ojos. Nuestro corazón se hace uno con el del otro.

Tú puedes ser misericordioso porque Dios es misericordioso:

“El Señor es ternura y compasión, paciente y lleno de amor. El Señor es bondadoso con todos, es bueno con todas sus creaturas…” (Sal 145, 8-9).

Cuando descubres su misericordia y su ternura contigo, entonces crece la misericordia para con los demás en tu corazón. Por eso el Papa Francisco nos enseña: “Dios es muy misericordioso con nosotros. Aprendamos también nosotros a tener misericordia…” (Tweet del 17 de julio de 2013).

 

Las Obras de Misericordia

La Iglesia nos anima a actuar misericordiosamente ofreciéndonos las Obras de Misericordia Espirituales y Corporales para inspirarnos a actuar.

 

Las Obras de Misericordia Corporales

Se centran en satisfacer las necesidades físicas de nuestros hermanos:

  • Dar de comer al hambriento,
  • Dar de beber al sediento,
  • Vestir al desnudo,
  • Dar posada al peregrino,
  • Visitar y cuidar a los enfermos,
  • Redimir al cautivo,
  • Enterrar a los muertos.

 

Las Obras de Misericordia Espirituales

Se centran en procurar saciar las necesidades espirituales y emocionales de los demás:

  • Enseñar al que no sabe,
  • Dar buen consejo al que lo necesita,
  • Corregir al que yerra,
  • Consolar al triste,
  • Perdonar las injurias,
  • Sufrir con paciencia los defectos de los demás,
  • Rogar a Dios por vivos y difuntos.

 

¿Qué tal si te decides a ser MÁS misericordioso?

Probablemente en tu vida diaria practicas muchas de las Obras de Misericordia Corporales. Cuando participas en la recolección de ropa y comida para los necesitados, cuando visitas a los enfermos, cuando asistes a los velorios y funerales…

También practicas las Obras de Misericordia Espirituales cuando compartes la fe, cuando dedicas tu tiempo a escuchas a alguien que está pasando por un mal momento, cuando eres capaz de perdonar a los que te hirieron, cuando rezas por los demás, vivos y difuntos…

Pero… ¿qué pasaría se te decidieras a ser más misericordioso? Aquí tienes ocho maneras prácticas de llevar una vida más misericordiosa. ¿Te animas?

 

1

Atrévete a que realmente te importe

Anímate a ir más allá. Decídete a mirar más adentro de las necesidades superficiales de los otros. Permítete a ti mismo sentir lo que el otro está sintiendo.

Tal vez es un dolor físico. O tal vez sea soledad, rechazo, desánimo, miedo…

Imagínate que estás viendo a esa otra persona a través de los ojos de Jesús. Y luego decide cómo puedes ayudar a esa persona.

Piensa… ¿Cómo cambiaría tu vida si realmente comenzaran a importarte los demás?

 

2

No juzgues

Si quieres ser más misericordioso, no digas jamás: “Recibiste tu merecido” o “Esto te lo buscaste” o “Tú provocaste que esto pasara”…

Sí, es posible que la otra persona haya actuado de manera imprudente. Que se haya negado a ver al doctor, que haya seguido fumando, o bebiendo, o comiendo comida chatarra. Pero tú deja que Dios sea el juez de lo que sucedió.

Tú estás llamado a ofrecer misericordia y ayudar de la manera que te sea posible, sin que te importen las circunstancias. Ama gratuitamente, desinteresadamente, sin condiciones. Lo demás, déjaselo a la misericordia de Dios.

¿Cuáles son las actitudes que tendrías que cambiar para dejar de juzgar a los demás?

 

3

Evita los chismes

Las personas misericordiosas se abstienen de chismosear porque saben que los chismes ofenden a los demás. Piensa que un chisme puede llegar a deshonrar y lastimar aún más a una persona que ya ha sido herida.

El Papa Francisco nos dice: “¡Es tan feo criticar! Al inicio puede parecer algo placentero, incluso divertido, como chupar un caramelo. Pero al final nos llena el corazón de amargura, nos envenena también a nosotros…” (Ángelus, 16 de febrero de 2014).

Reflexiona… ¿Cómo puedes evitar las críticas y chismes sobre los demás?

 

4

Niégate a la venganza

Si quieres ser verdaderamente misericordioso no guardarás resentimientos ni intentarás desquitarte cuando te sientas ofendido o herido por otros. Más bien abandonarás los rencores, ofrecerás a Dios lo que sucedió y perdonarás.

El perdón te permite vaciar el corazón de rabia, de dolor, de amargura. Y restablece en tu alma la sensación de paz y serenidad.

Sin el perdón te conviertes en prisionero de tus propios resentimientos. Con el perdón reflejas la misericordia de Dios.

¿A qué personas necesitas perdonar?

 

5

No te alejes

Cuando se te presenta una oportunidad para ser misericordioso, seguramente la mayor tentación que enfrentas es la de dar la espalda. Es fácil justificarte pensando que seguramente hay otros más capacitados que tú para ayudar.

Pero la realidad es que cuando te alejas de alguien necesitado te estás alejando del mismo Cristo. Recuerda que Él dijo: “Cuanto dejaste de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejaste de hacerlo…” (Mt 25,45).

Por eso, si quieres ser más misericordioso, debes estar dispuesto a estar junto a la otra persona, incluso si esto hace que tu propia vida sea más difícil. Cuando eres capaz de hacer esto, eres más humilde, más bondadoso, más compasivo…

¿Cómo manejarás la tentación de alejarte de alguien que te necesite?

 

6

Cultiva un poco de bondad

Todos los días surgen oportunidades para ser bondadosos. Y no hay ocasión de ser más misericordioso que sea insignificante, por pequeña que sea.

Permitir que otro automóvil pase a tu carril, llamar a un amigo que está de duelo, estar pendiente de un vecino anciano o enfermo, ayudar a un compañero de trabajo, sostener la puerta para que alguien pase… Son solo algunos ejemplos; ¡hay tantas cosas que puedes hacer!

A veces, una sonrisa o una palabra de ánimo pueden cambiar completamente la perspectiva de una persona.

¿Qué pequeños actos de misericordia puedes hacer cada día?

 

7

Acepta la misericordia de los demás

Necesitas humildad para admitir que tú mismo también necesitas misericordia. Cuando permites que los demás sean misericordiosos contigo, les das la oportunidad de ir más allá de ellos mismos y de compenetrarse en tu propio dolor.

Entonces ellos se convierten en instrumentos del amor de Dios para ti. Y así el Señor puede sanarte, consolarte, y liberarte a través de tus hermanos.

¿De qué manera puedes aceptar la misericordia de los demás?

 

8

Reza para pedir misericordia

Reza para ser más misericordioso. También por tus familiares, amigos, vecinos, compañeros de trabajo y personas que conoces que necesitan misericordia.

Pide por las personas que te han herido. Por las personas alrededor del mundo que están sufriendo. Y para que todas las personas del mundo respondan a la misericordia de Dios y sean misericordiosos unos con otros.

¿Por quiénes vas a rezar pidiendo misericordia?

 

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Tus esfuerzos por ser más misericordioso no solo te cambiarán a ti, sino que también cambiarán a las personas a tu alrededor. Harás que el mundo sea un lugar donde haya más bondad, más compasión, más respeto, más amor… Y tú mismo obtendrás misericordia de los demás y del mismo Dios. Porque Jesús lo prometió:

“Felices los misericordiosos porque obtendrán misericordia…” (Mt 5,7).

 

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