Y la Palabra se hizo carne...

«¡La Palabra se hizo carne…!» Es la Buena Noticia que se proclamará en la Misa del día de Navidad. Ya no escucharás el relato del nacimiento de Jesús en Belén que se leyó en la Misa de Nochebuena. No se hablará del Niño y de su Madre. Tampoco de los pastores y sus ovejas, ni del canto de los ángeles que anuncia la paz a los hombres y la gloria de Dios.

Sin embargo verás que en este texto hay cosas en común con los otros. Se habla de:

  • una luz que brilla en las tinieblas,
  • la gloria de Dios que podemos contemplar en la Palabra hecha carne,
  • el Señor que no fue recibido por los suyos.

Entonces es el mismo relato desde diferente perspectiva. Mientras Lucas y Mateo narran la historia terrena y explican a partir de ella la manera de actuar de Dios, Juan la mira desde Dios y muestra cómo ese misterio llega hasta el hombre.

Pero ¿qué es lo que este Evangelio quiere decirte hoy? Te invitamos a descubrirlo en esta hermosa reflexión tomada de los escritos del Papa Emérito Benedicto XVI.

«Al principio existía la Palabra…»

Al principio existía la Palabra... y la Palabra se hizo carne...

Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios… En ella estaba la vida, y esta vida era la luz de los hombres; esta luz resplandece en las tinieblas, pero las tinieblas no la recibieron.

La Palabra era la luz verdadera que, llegando a este mundo, ilumina a todo hombre. Ella estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció.

Vino a los suyos y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron, a aquellos que creen en su nombre, les dio potestad de llegar a ser hijos de Dios…

Y la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros. Y nosotros vimos su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad…

(Del Prólogo del Evangelio según San Juan)

“Y la Palabra se hizo carne”

Este Evangelio forma parte de la liturgia de Navidad desde remotísimos tiempos porque contiene la frase que indica el motivo de nuestra alegría, el contenido propio de la fiesta: «la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros» (1,14).

En Navidad no celebramos el día del nacimiento de un gran hombre cualquiera como los hay tantos. Tampoco celebramos simplemente el misterio de la infancia. (…)

Si no tuviéramos otra cosa que celebrar más que el idilio del nacimiento y del ser niño, al final no nos quedaría idilio alguno. Al final sólo nos queda el eterno morir y devenir, y se puede preguntar si el nacer no es propiamente algo triste, puesto que, al fin y al cabo, no conduce sino a la muerte. Por eso es tan importante que, aquí, haya sucedido algo más: la Palabra se hizo carne.

¡Este niño es Hijo de Dios!

¡Este Niño es el Hijo de Dios!
Dios tiene tiempo para mí… Tanto tiempo que estuvo acostado en el pesebre…

«Este niño es Hijo de Dios», nos dice uno de nuestros antiguos y hermosos cánticos navideños. Aquí ha sucedido lo tremendo, lo inimaginable y, sin embargo, al mismo tiempo lo siempre esperado, y hasta lo necesario: Dios ha venido a nosotros. Se ha unido al hombre de forma tan indisoluble que ese hombre es verdaderamente Dios de Dios, Luz de Luz, y sigue siendo verdadero hombre.

El eterno Sentido del mundo ha llegado a nosotros de forma tan real y verdadera que se lo puede tocar y mirar (véase 1 Jn 1,1). (…) Y Dios es bueno. Dios no es cierto ser supremo que se encuentra lejos y al que nunca es posible acercarse. Él está muy cerca, al alcance de nuestra voz, siempre accesible. Dios tiene tiempo para mí, tanto tiempo que estuvo acostado como hombre en el pesebre y mantiene eternamente su condición humana.

«Los suyos no la recibieron…»

«Los suyos no la recibieron», dice el prólogo de san Juan sobre la Palabra encarnada. (…) El abismo de esta frase no se agota en la historia de la búsqueda de albergue que solemos representar una y otra vez con tanto amor en nuestro teatro popular navideño. Tampoco se agota con el llamamiento moral a pensar en los sin techo que pueblan el mundo entero y nuestras propias ciudades, por importante que sea tal llamamiento.

Esa frase toca algo más profundo en nosotros, toca el motivo más íntimo y hondo por el cual la tierra no ofrece techo a tantos seres humanos: el hecho de que nuestra soberbia cierra las puertas a Dios y, con ello, también a los hombres.

La soberbia no nos permite ver a Dios

Somos demasiado soberbios para ver a Dios. Nos pasa como a Herodes y a sus especialistas en teología: en ese nivel ya no se oye cantar a los ángeles.

En ese nivel uno se siente amenazado por Dios o bien se aburre de él… No se quiere ser ya de «los suyos», ser «de Dios», propiedad de Dios, sino pertenecerse sólo a uno mismo.

Por eso tampoco podemos recibir entonces a Aquel que viene a los suyos, a su propiedad: para hacerlo, deberíamos cambiar, reconocerlo como dueño.

Dios quería y quiere nuestro amor

Dios quiere nuestro amor...
Dios vino como Niño para quebrar nuestra soberbia…

Él vino como niño para quebrar nuestra soberbia. Quizá hasta hubiésemos capitulado ante el poder, ante la sabiduría. Pero él no quiere nuestra capitulación sino nuestro amor. Quiere liberarnos de nuestro orgullo y, de ese modo, hacernos verdaderamente libres.

Por eso, dejemos que la alegría de este día penetre en nuestra alma. No es una ilusión. Es la verdad. Pues la verdad –la última, la verdadera– es hermosa. Y es buena. Encontrarla hace bueno al hombre. Ella nos habla desde el Niño que es el propio Hijo de Dios.

Su gloria en medio de este mundo

Nuestro Evangelio desemboca en la frase «Nosotros vimos su gloria…». Podría ser la expresión de los pastores que regresan del establo y resumen así su vivencia. Podría ser también la expresión con la cual María y José describen su recuerdo de la noche de Belén. Pero aquí se trata de la mirada retrospectiva del discípulo, que afirma lo que le sucedió en el encuentro con Jesús.

Y, en realidad, todos los cristianos deberíamos poder decir la frase: nosotros vimos su gloria. Más aún, hasta se podría declarar, a partir de allí, en qué consiste creer: ver su gloria en medio del mundo.

La Palabra se hiza carne y hemos visto su gloria...

Tú ¿has visto su gloria?

El que cree, ve. Pero ¿hemos visto nosotros? ¿No nos habremos quedado ciegos? ¿No estamos mirándonos siempre a nosotros mismos y a nuestra propia imagen? Cada cual puede ver fuera de sí mismo sólo aquello con lo que su interior guarda correspondencia.

Dejemos que el misterio de este día nos abra los ojos y nos torne videntes. Entonces viviremos por iniciativa propia como quienes ven, como hombres que no piensan solo en sí mismos ni se conocen solo a sí mismos. (…)

Así podríamos convertirnos nosotros mismos en portadores de la luz que proviene de Belén y, después, rezar, llenos de confianza: Adveniat regnum tuum.

¡Venga a nosotros tu reino!

¡Venga a nosotros tu luz!

¡Venga a nosotros tu alegría!


(Tomado del libro La bendición de la Navidad. Meditaciones, de Joseph Ratzinger -Benedicto XIV-, Editorial Herder, Barcelona, 2012. Los subtítulos son nuestros).


Deja aquí tus COMENTARIOS

avatar
  Suscribirme  
Notificarme de