La espiritualidad del evangelizador
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¿Qué es una pasión?

Hablar de la evangelización y del llamado a evangelizar, es despertar y avivar una vocación -en todo el sentido de lo que implica la palabra-, es sentirnos llamados por parte de Dios a trasmitir la Buena Nueva del Reino, es experimentar en nosotros la urgencia de dar a conocer a Cristo, al Cristo vivo, real y presente que conocemos, amamos y servimos.

Porque la evangelización brota de la pasión de amor que experimenta el evangelizador. Una pasión es una inclinación o preferencia muy viva o intensa por algo (en este caso por «Alguien»). También puede definirse como la afición vehemente a algo (para nosotros, a extender el Reino de Dios).

¿Qué es lo que a ti te apasiona?

Por eso dice el salmista: «como jadea la sierva tras las corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; tiene sed de Dios, del Dios vivo…» (Sal 42,1-2).

¿Cómo surge en el evangelizador esta pasión por Cristo?

Esta pasión de amor surge en el evangelizador de un encuentro profundo que ha cautivado su corazón. Es un encuentro transformante: la fuerza de esa experiencia cambia su vida. Nunca más volverá a ser el mismo desde que se ha encontrado con Cristo. San Pablo es testimonio de esto, las palabras con las que él relata este encuentro lo manifiestan: «Con Cristo estoy crucificado, y ya no vivo yo, sino es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,20a).

¿Quién no recordará el momento de su encuentro con el Señor sin bendecir ese día? La persona que lo invitó, que le habló de su parte, las verdades que cautivaron su corazón… La experiencia de sentir como su corazón arde ante la fuerza de ese «TE AMO» de Dios, que llenó y llena plenamente todas sus necesidades, llevándolo a la plenitud…

Este encuentro impactó de tal manera su corazón que no puede olvidar lo que Cristo ha hecho por él: «Me amó y se entregó por mí» (Gal 2,20b). Es una experiencia muy profunda de sentirse elegido, llamado desde siempre: «Mas cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia…» (Gal 1,15).

Solo olvidamos lo que no es importante para nosotros, lo superficial. Pero hay experiencias que marcan. Eso es lo que el evangelizador ha experimentado en su vida. ¿Es posible acaso olvidar como fue pensado, formado con tanto amor, con tanta ternura? ¿No cautiva acaso su corazón el repetir las palabras del salmista: «Porque Tú mis riñones has formado… ¡Prodigio soy, prodigio son todas tus obras!» (Sal 139,14).

Indigno de tanta gracia

El evangelizador es tan consciente de lo que significa esta elección que se reconoce indigno y no merecedor de esta gracia: «Yo que soy como un aborto, el último de los apóstoles, indigno del nombre de apóstol, por haber perseguido a la Iglesia de Cristo» (1Co 15,8-9).

¿Acaso merecimos nosotros la salvación? ¿No es verdad que cuando recordamos de donde nos sacó el Señor nuestro corazón late con fuerza al mirar la vida de la que nos libró y los beneficios que nos ha dado? ¿No es verdad que experimentamos deseos de que otros lo conozcan y lo amen también? ¡No olvidemos de dónde nos sacó el Señor!

El evangelizador es quien se cristifica

Cristo es la pasión del evangelizador

Por todo esto el corazón del evangelizador queda cautivado de tal manera que Cristo se vuelve su Dueño, su Señor, el centro de su vida. Todo lo vive desde Él, por Él y para Él. Su vida se cristifica, es decir piensa como Cristo, siente como Cristo, habla, actúa, vive, se relaciona, ama… como Cristo. Su misma vida se hace evangelio, es evangelizadora. Por ello es testigo, y puede decir como Pablo: «Imítenme a mí como yo imito a Cristo» (1Co 11,1).

El evangelizador tiene una experiencia, real, viva, verdadera, una experiencia profunda que testifica la acción de Cristo en su vida. «Se nota» que Cristo vive en él y que él vive con Cristo. ¡SE NOTA! Es decir, da testimonio.

Cristo es para el evangelizador la fuerza y la fuente de la que recibe ese dinamismo que actúa en su vida. La acción del Espíritu Santo en él es constante: ¡Él vive en el Espíritu! La Persona de Cristo, su Palabra, se vuelven para él el centro de su vida, y después de contemplarlo, lo imita. Por ello es discípulo, es seguidor, es cristiano… Es otro Cristo.

¿Por qué evangelizar?

Por empezar, para cumplir la tarea que como bautizados todos tenemos. Esta es una misión ineludible, no podemos olvidar que el Bautismo ha hecho de nosotros hijos de Dios, cristianos, seguidores de Cristo y transmisores de su Palabra.

Pero también porque el fundamento para evangelizar es, para el evangelizador, su encuentro con Cristo. Este encuentro transformador es el motivo y la raíz de su seguimiento, de su ser de discípulo y de su misión. Dice como San Pablo: «Todo lo considero pérdida comparado con el sublime conocimiento de Cristo» (Flp 3,7).

Esa pasión de amor le hace expresar como el apóstol: «Para mí la vida es Cristo…» (Flp 1,21).

Características del verdadero evangelizador

El evangelizador está apasionado por Cristo

Te ofrecemos aquí algunas notas que distinguen al verdadero evangelizador. Pueden servirte para evaluarte en tu misión evangelizadora, para examinar si estás siendo un evangelizador según el Corazón de Dios.

* El evangelizador evangeliza por Cristo

Hace de Él su máxima motivación. Cristo es su estímulo para enfrentar toda lucha, toda tribulación. Su único deseo es establecer su Reino, que Cristo sea conocido, amado y servido. Su gran deseo: «Ver formado a Cristo en vosotros» (Gal 4,19).

* Evangeliza con Cristo

Tiene la experiencia de que es Cristo el que evangeliza en su persona, Él es el protagonista, el que marca la pauta, y el evangelizador solo le ayuda, es un simple colaborador. Como Pablo dirá: «Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Cristo exhortara por nuestro medio» (2Co 5,20).

* Evangeliza sin robarle la gloria a Cristo

Depende absolutamente del Espíritu Santo. Reconoce la primacía de la gracia de Dios en su vida, y por ello, consciente de su incapacidad, se reconoce indigno, y como San Pablo dice: «Llevamos este tesoro en vasijas de barro para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros» (2Co 4,7). El reconocer esta debilidad le hace depender más de Dios y dejar que el verdadero protagonista de la evangelización sea el Espíritu Santo.

* Evangeliza en Cristo

Es decir, en unidad con Él, con su Espíritu y con su Iglesia; y evangeliza desde Cristo: con la fuerza de su poder, en su amor. Esta unidad tan intensa brota de su relación entrañable, de su comunión profunda con Cristo.

* Su impulso evangelizador está en la oración

Su fuerza evangelizadora nace de ese diálogo profundo, de esa relación viva, real y permanente con Él. Pablo dirá por esto: «La vida en el presente la vivo en la fe del Hijo de Dios que me Amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gal 2,20b). Y esta experiencia del amor personal de Jesucristo solo puede recibirla en esa íntima relación de amistad que es la oración.

* Su tarea es establecer el Reino

¿Y cómo lo hace? Llevando al Rey, es decir, a Jesucristo, al corazón de cada hombre. Esa es su meta y su objetivo: despertar el encuentro con Jesús de una manera viva, llevar a los hombres a Dios. ¡Sí! Mostrarles a Dios, a ese Dios vivo y personal que él conoce.

* La evangelización es la expresión de su amor a Cristo

Está impreso de tal manera en su corazón el amor con que Dios lo ha amado, que su deseo es que otros le amen de la misma manera como él se siente impulsado a amarle. Por eso San Pablo dirá: «Hijos míos, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros…» (Gal 4,19).

* Evangeliza por amor a los hermanos

Cada hermano es para el evangelizador un regalo de Cristo, y él se siente llamado a amarles con el amor con que Cristo le ama, se entrega a ellos como Cristo se entregó a nosotros. El evangelizador experimenta la misma compasión que el Maestro ante las ovejas que van sin pastor y está dispuesto hasta el sufrimiento por ellas.

* En evangelizar desgasta su vida

Por esta pasión de amor gasta y desgasta sus capacidades, su tiempo, sus bienes… en una palabra, su vida. Pone todo su ser al servicio de la gran tarea de la evangelización.

* Siente que evangelizar es para él una necesidad

No es una tarea impuesta, no es una carga… Es su manera de amar a Cristo. ¡El evangelizador esta convencido del amor de Cristo y por ello convence! Como San Pablo dirá: «Evangelizar, no es para mí un motivo de gloria, sino un deber que me incumbe, y ¡ay de mí si no evangelizara!» (1 Co 9,16)

Conclusión

Cristo es la fuerza del evangelizador

Tienes aquí una hermosa, urgente y desafiante tarea: hacer que Cristo sea verdaderamente tu pasión, tu amor, el centro de tu vida… Solamente así podrás ser un verdadero evangelizador al estilo de San Pablo, ese apasionado por Cristo que vivía por y para evangelizar.

¡Dios y tus hermanos esperan mucho de ti! Sé valiente y entrégate a esta apasionante misión: hacer que todos los hombres conozcan a Cristo y experimenten su amor. ¿Te animas?


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