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Pongamos de moda la santidad

Hoy celebramos con toda la Iglesia la gran fiesta de todos los santos. Y ¿qué significa esto? ¿Qué supone para nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI celebrar la santidad? ¿Qué supone para ti?

Sin duda no se trata solamente de recordar historias pasadas de personas que hicieron grandes cosas. Ciertamente es bueno recordar, porque la Iglesia nos los ha dado para que los imitemos. Pero la experiencia de los santos nos puede resultar una cosa lejana si no nos damos cuenta de que la santidad es algo para ti y para mí.

 

Estás llamado a la santidad

estas-llamado-santidadComo hijo de la Iglesia, como bautizado, debes comprender que estás llamado a ser santo. ¿Por qué? En primer lugar porque el que te llamó, Jesucristo, es Santo (cf. 1Pe 1,15). Y este llamado implica para todos los cristianos ser siempre y enteramente santos. Cuando el mismo Jesús invitó a seguir su camino hacia la plenitud enseñaba: “Sean perfectos como es perfecto vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5,48).

El que te llamó, Jesucristo, es Santo... Clic para tuitear

El Concilio Vaticano II habla muy claramente de este hermoso llamado a la santidad que los cristianos hemos recibido. Al ser tan importante le dedica todo el capítulo V de la Constitución Dogmática Lumen Gentium. Allí se habla de la santidad como del estilo de vida que eligió Jesús para sí mismo y al que llama a todos sus discípulos:

“El divino Maestro y Modelo de toda perfección, el Señor Jesús, predicó a todos y a cada uno de sus discípulos, cualquiera que fuese su condición, la santidad de vida, de la que Él es iniciador y consumador…” (LG nº 40).

Por eso este es un llamado también para ti. Si quieres ser discípulo de Jesús, si quieres seguirlo, imitarlo, vivir como Él vivió… ¡tienes que ser santo! La santidad tiene que ser tu modo de vida. Y la santidad es vivir en el amor, un amor tal como nos lo muestra el Evangelio, tal como lo vivió Jesús. Un amor que es entrega, generosidad, renuncia, sacrificio donación… Un amor que es tan grande que… ¡da la vida!

Si quieres ser discípulo de Jesús… ¡tienes que ser santo! Clic para tuitear

 

No hay excusas para desoír este llamado

no-desoir-llamadoNadie que realmente quiera ser cristiano puede considerarse exento de este llamado a la santidad. Aquí no vale ninguna excusa, como la dificultad de ese camino, o las atracciones del mundo, o lo complejo de la vida moderna… Porque la santidad, aunque parezca un camino duro, o difícil, tiene una única meta: tu felicidad. Por eso no puede haber excusas válidas para desoír el llamado a caminar hacia la plenitud, hacia la felicidad plena.

Claro que existe la libertad de decir “no”; siempre existe esa posibilidad. Pero al decir “no” te estarás cerrando al designio que Dios te tiene preparado, es decir, estarás renunciando a tu felicidad. Es posible decir “no”, pero esa es una actitud que tendrá gravísimas consecuencias para ti y para la misión que estás llamado a realizar en el mundo.

En el fondo, decir “no” es optar por la muerte. Es, sin duda, rechazar la Vida que trae el Señor Jesús, es no conformarse a la vida cristiana que de Él proviene, es cerrarse al camino de profunda transformación y quedarse sumergido en las propias inconsistencias, en el anti-amor, en la anti-vida… ¡Es una locura!

 

El llamado a la santidad es para todos

llamado-santidad-para-todosHay un pasaje fundamental de la Constitución Dogmática Lumen Gentium en el que conviene reflexionar:

“Es, pues, completamente claro que todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, y esta santidad suscita un nivel de vida más humano incluso en la sociedad terrena…” (nº 40)

Si bien la santidad en la Iglesia es la misma para todos, ella no se manifiesta de una única forma. Por ello la insistencia en que cada uno ha de santificarse en el género de vida al cual ha sido llamado, siguiendo en él al Señor Jesús, modelo de toda santidad.

En primer lugar reflexionemos en el hecho de que la santidad es la misma para todos. ¿Qué significa esto? Que es el Espíritu el que nos santifica. Toda santidad viene de Él, no puedes ser santo sin su acción.

Por tanto tú, en tu estado de vida y en tu ocupación, desde tus circunstancias concretas, debes avanzar por el camino de la fe viva, que suscita la esperanza y se traduce en obras de amor (Cf. LG nº 41). Pero debes saber que en todo este trabajo de santificación te guiará y te ayudará el Espíritu Santo.

Toda santidad viene del Espíritu Santo... Clic para tuitear

 

¡Pongamos de moda la santidad!

Dicen los expertos que para que algo se ponga de moda, primero surge como una tendencia. Las tendencias nacen en pequeños grupos llamados “Influyentes”, que son personas que por alguna razón comienzan a llevar algo, a pensar de una manera distinta, a decorar con ciertos colores o a actuar en cierta forma y contagian a los demás.

El desafío de hoy para ti, que quieres seguir a Jesús, es que seas parte de este grupo de “Influyentes”. Que empieces a pensar de manera distinta a como piensa el mundo, que empieces a vivir a contra corriente.moda-santidad

¿Acaso Jesús no marcó la diferencia? ¡Él sí que fue un “Influyente”! Él inició esta aventura de vivir en santidad hace más de 2000 años y hoy tú y yo estamos llamados a seguir este estilo de vida que Él inició.

Su proyecto está explicado en las Bienaventuranzas.

Tienes la ayuda de los Sacramentos, especialmente el alimento de la Eucaristía, que es la clave para vivir con coherencia tu fe en medio de las dificultades de la vida.

Te dio el ejemplo viviendo Él mismo santamente.

Tienes la ayuda y el modelo de tantos hombres y mujeres que, empezando por nuestra Madre, la Virgen María, vivieron la santidad a lo largo de toda la historia de la Iglesia.

Y cuentas, además, con la fuerza y el poder del Espíritu Santo. Si le permites ser el protagonista de tu vida, Él mismo te santificará…

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La Lectio Divina: el secreto para enamorarse de Dios

La Lectio Divina es una forma de Orar la Palabra

Queremos terminar esta serie de temas bíblicos que te ofrecimos en este mes de la Biblia hablando de algo que a las Discípulas de Jesús nos apasiona: la Lectio Divina. Hemos aprendido este método de leer, estudiar y meditar la Sagrada Escritura desde los inicios de nuestro Instituto. El Padre Pablo y la Madre Isabel, nuestros Fundadores, nos enseñaron a “orar la Palabra” a través de esta experiencia tan hermosa.

Y hoy te la compartimos tal como la recibimos. Esperamos que esta enseñanza sea de mucha bendición para ti, así como ha sido para todas nosotras. Tomamos este tema del libro “Orar la Palabra”, de Enzo Bianchi.

lectio-divina-para-recibir-graciaLa Lectio Divina es la manera más auténtica y más apta para leer la Escritura y recibir de ella la gracia. Los rabinos decían que la Palabra era la Presencia de Dios en la creación, presencia que el hombre hacía suya con la lectura, la meditación y la oración. Pues bien, son estos los tres momentos fundamentales de la Lectio Divina.

Este método judaico de asimilar la Palabra ha sido heredado por el cristianismo y es común a todos los Santos Padres de la Iglesia de Oriente y de Occidente.

Guigo el cartujo dice: “Buscad en la lectura y encontraréis en la meditación; insistid en la oración y encontraréis en la contemplación…”

 

Pasos de la Lectio Divina

La Lectio Divina consta de los siguientes pasos:

1.- La debes iniciar haciendo una invocación al Espíritu Santo con todo el corazón para que Él te revele la Palabra.

2.- Luego haces la lectura con una actitud de escucha. Lees y relees con atención y comparas textos.

3.- Pasas a la meditación, que es necesaria para asimilar lo leído. Aquí es muy importante que uses la memoria, la imaginación y el razonamiento:

  • Es bueno que memorices textos que te ayuden a profundizar en lo leído.
  • De lo memorizado escoges textos fuertes que te digan algo al corazón y reflexionas sobre ellos.
  • Luego escoges frases cortas y las repites con el corazón y con la mente (esto se llama musitar).
  • Sigues reflexionando sobre ellos para aplicarlos a tu vida. Con la imaginación puedes representar las escenas que leíste, repetir mentalmente esas escenas y algunos textos al mismo tiempo e involucrarte en ellos hasta experimentar un diálogo profundo, un estar con Dios.

4.- Después continúa la oración. Aquí debes dejar que los pensamientos, sentimientos y afectos te ayuden a dirigirte al Señor, tomando como punto de referencia algo de lo que leíste y meditaste. Es un dar respuesta a Dios en lo que te dijo en su Palabra.

5.- Luego sigue la contemplación. A esta llegarás como en una culminación natural de tu oración. Es el momento de estar con Dios, de permanecer a su lado, de disfrutar de su presencia.

6.- Por último, terminas con la acción. De toda esta experiencia es bueno aterrizar en algo concreto que puedas aplicar en tu vida práctica, para que así seas no solo “oidor”, sino sobre todo “hacedor” de la Palabra. Es el consejo del apóstol Santiago: “Poned por obra la Palabra y no os contentéis solo con oírla, engañándoos a vosotros mismos. Porque si alguno se contenta con oír la Palabra sin ponerla por obra, ese se parece al que contempla su imagen en un espejo… En cambio el que considera atentamente la Ley perfecta de la libertad y se mantiene firme, no como oyente olvidadizo sino como cumplidor de ella, ése, practicándola, será feliz…” (St 1,22-25).

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Breve explicación de cada uno de los momentos de la Lectio Divina

A continuación vamos a desarrollar un poco más detalladamente cada uno de los pasos de la Lectio Divina.

 

1. Pedir el Espíritu Santo

San Efrén, el Sirio aconsejaba: “Antes de la lectura, ora y suplica a Dios que se te revele”. Esta es la actitud primera y fundamental que debes tener cuando te introduces en la Lectio Divina: pedir que el Espíritu de Dios venga a iluminar todo tu ser, para que sea posible el encuentro con el Señor. Nuestra realidad es, de hecho, la de los hombres ciegos que deben gritar: “¡Señor, haz que yo vea!” “¡Señor abre mis ojos y mi corazón!”

Cuando pides el Espíritu Santo debes tener la certeza de que se te dará, porque esta es la única petición que será siempre escuchada con certeza. El Espíritu Santo es “la Cosa Buena” por excelencia que el Padre no puede nunca negar (cf. Lc 11,13).

La Palabra se hace fecunda si el Espíritu de Dios anima al que la lee. El místico belga Guillaume de Saint-Thierry decía: “En el mismo Espíritu en el cual fueron escritas las Escrituras desean ser leídas, y en el mismo Espíritu deben ser interpretadas…” Y San Gregorio Magno: “El mismo Espíritu que ha tocado el alma del profeta, toca el ánimo del lector…”

El Espíritu Santo dispone tu interior

lectio-divina-pedir-espiritu-santoLa acción del Espíritu Santo resulta esencial si no quieres caer en la escucha de una letra muerta, o como máximo, en un estudio puramente intelectual y especulativo de la Sagrada Escritura.

La venida del Espíritu Santo, preparada con la oración y la docilidad, producirá en tu corazón el desapego de las cosas, de los demás y de ti mismo. Es necesario ese despojo de ti mismo. No puedes prestar atención a la Palabra de Dios si no haces callar el ruido en tu interior. No puedes ponerte a leer, si el centro de tu atención es tu yo. No puedes ser libre frente a la acción divina, si reservas algo para ti mismo y no te abandonas totalmente a Él. El Espíritu Santo te ayudará a poner freno a la efervescencia de los pensamientos que te angustian y que brotan de tu corazón como agua en ebullición.

Eleva tu corazón y todo tu ser a Dios, con una actitud de escucha hacia el Señor que te habla. Es una atención no solo al mensaje, sino a quien pronuncia el mensaje.

Lo que se te pide en el diálogo misterioso con Dios, es que seas ante todo oyente atento. Si pides el Espíritu Santo, si te entregas a Él, seguramente recibirás la iluminación necesaria para leer.

 

2. Leer

Si es verdad que es importante saber orar, es también verdad que es importante saber leer. Una buena lectura te llevará a la comprensión, a la inteligencia de la Escritura, al verdadero conocimiento.

Elementos indispensables en la lectura para que sea auténtica

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  1. Tiempo determinado: La lectura requiere un tiempo determinado, un tiempo fijo, un tiempo oportuno. A la Lectio Divina no pueden dársele recortes de tiempo; ella como la oración, no puede ser de ninguna manera un relleno del día.
  1. Lugar adecuado: También requiere un lugar que favorezca la calma, el silencio, la soledad. Sin el recogimiento, sin el silencio externo, no es posible una espera de Dios. Debes buscar un lugar sin ruidos, sin distracciones.
  1. Orden: Debes tener un orden en la lectura y no se debe ni se puede tomar textos al capricho según el estado de ánimo, la necesidad o la preferencia. Es por eso muy recomendable que sigas el orden de la liturgia, que propone unos textos bíblicos determinados para leer diariamente. Debes leer en cada día lo que toca leer sin seleccionar el texto. Déjate conducir obedientemente a donde la intención del Espíritu Santo quiera conducirte.
  1. Constancia: La constancia en la Lectio Divina es el signo y la medida de nuestra vida espiritual. No se puede ser espigadores distraídos de la Biblia, sino que se requiere sumergirse en ella. Debes llegar a estar tan familiarizado con ella que llegues a poseerla en la profundidad de ti mismo y a retenerla como memoria. Isidoro de Sevilla decía: “Quien quiera estar siempre unido a Dios, debe leer frecuentemente… y escuchar con gusto la Sagrada Escritura…” Por eso debes acostumbrarte a leer y releer la Escritura, a fin de que ella penetre tu espíritu y tu cuerpo de creyente. Los Padres antiguos tendían a una tal asiduidad, que se aprendían de memoria los textos de la Escritura, y no sólo porque su cultura era oral, sino porque en la memorización, así como para nosotros en la lectura continua, es posible hacer memoria o revivir la Palabra. Ya el autor del Salmo 119 musitaba, repetía las palabras interiormente, leyendo y releyendo los pasajes de la Escritura. Lee y relee la Escritura, musita interiormente leyendo y releyendo; busca los textos paralelos, las concordancias y las explicaciones al pie de página de la Biblia… esto te hará lector asiduo de la Palabra, hombre o mujer de la Palabra.
  1. Leer con todo el ser: Leer el texto no basta en la lectura, se trata de escuchar la Palabra de manera vital, porque es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo quienes hablan. Por eso debes hacer la lectura con todo el ser: con el cuerpo, porque se pronuncian las palabras con los labios; y con la memoria que las fija en la inteligencia y comprende su sentido. El fruto de esta lectura es la experiencia con Dios. Tu actitud en este sentido debe sintetizarse en esta frase: “Habla, Señor, que tu siervo escucha…” Esta experiencia de Dios a veces es tan profunda que te puede llevar al llanto, como le pasaba al pueblo de Israel, que a la lectura de la Palabra hecha por Esdras, lloraba (cf. Ne 8,9).
  1. Leer con una actitud de fe: La Palabra de Dios se nos ha dado con el fin de la edificación espiritual y de la caridad, no con el fin de la cultura o la erudición. Así pues, buscar la lectura a través de la inteligencia y los medios culturales, es muy conveniente, pero lo que cuenta es la fe que debe iluminar la inteligencia, fe que es punto de partida y término de la reflexión, que es la única condición indispensable para buscar a Cristo en el texto. No la erudición sino la unción, no solo el conocimiento de datos y de hechos, sino la presencia de Dios, eso es lo que debes buscar.

Pasos a seguir en el momento de la lectura

1.Leer y releer (con tiempos de silencio). La primera lectura es bueno hacerla en voz alta.

2.Buscar textos paralelos, concordancias y explicaciones al pie de página.

 

3. Meditar

El Salmo 119 dice: “En el silencio de la noche medito tu Palabra… de día y de noche medito tu Palabra…”lectio-divina-meditar

San Ambrosio decía: “Mediten cada día la Palabra de Dios. Tomen como consejeros a Moisés, Isaías… Pedro, Pablo, Juan… tomen como modelo supremo a Jesucristo para poder llegar así al Padre. Hablen con ellos, mediten con ellos todo el día…”

La parte mas importante que ha de buscarse es la “ruminatio” = rumiar, masticar la Palabra. Tal término es aplicado a la Palabra para indicar la acción con la cual se asimila la Palabra leída, oída y comprendida. Es el gustar y ver cómo es bueno el Señor.

La meditación o ruminatio difiere de la simple lectura tanto cuanto difiere la amistad de un encuentro pasajero, o el afecto que nace de contactos frecuentes de un saludo casual.

Si en la lectura es la atención la que más se pone a trabajar; en el meditar es la memoria la que debe intervenir de manera intensa. Para asimilar completamente un pasaje de la Escritura debes llevarlo a la memoria y repasarlo incesantemente, descubrir el tema central, recordar las palabras e imprimirlas profundamente en tu corazón.

Este rumiar la Palabra es “comer” espiritualmente la Escritura, y así ella se convierte en alimento y bebida en la prolongada reflexión contemplativa. Recordar y tener presente las Escrituras no es, por consiguiente, un simple acto de memorización, porque se trata más bien de una “memoria del corazón”, que ha acogido en sí palabras e imágenes del texto bíblico.

La Lectio Divina compromete al hombre entero: murmullo de la Palabra, esfuerzo de atención del pensamiento, del sentimiento, de la memoria, con el fin de que las palabras se impriman en el corazón.

La “ruminatio”, el rumiar, es el medio privilegiado con el cual el texto se convierte en Palabra y revive en ti en modo nuevo. Es el método por el cual, como escriba sabio, puedes sacar de la Escritura cosas nuevas y viejas. Es el hacerte eco del rugido del león que es la Palabra potente de Dios.

Uno de sus frutos más bellos es la memoria que crea en ti de las acciones de Dios. El recuerdo de las maravillas de Dios viene de la lectura, y del retener las Escrituras nace la verdadera meditación. Es entonces la memorización y la ruminatio el inicio de la meditación.

Resumiendo, después de la lectura debes continuar con la ruminatio, y este rumiar te introducirá a la meditación.

La meditación es hacer pasar la Palabra de Dios a la vida, para que se convierta en un instrumento de oración. Meditar es buscar el sabor de la Escritura, no su ciencia.

Pasos en la meditación

  1. Memoriza algún texto.
  2. Entresaca algunas palabras y repítelas mentalmente. (esto es lo que se llama “musitar”).
  3. Reflexiona sobre ese texto. Hazte preguntas. (¿Qué dijo o hizo Jesús? ¿Cómo sucedió? ¿Para qué lo hizo? ).
  4. Trae a la mente otros textos que te inspire el Espíritu Santo y reflexiona sobre ellos, aplicándolos a tu vida.

Por ejemplo:

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  • Memoriza las bienaventuranzas (todo el texto o parte de él).
  • Luego trae a la mente solo el siguiente versículo y repítelo en tu interior: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos…”
  • Reflexiona: ¿Qué recompensa tiene el que es pobre de espíritu? ¿Qué es el Reino? O mejor… ¿Quién es el Reino? ¡Jesús mismo! ¡Jesús es entonces mi recompensa!
  • Trae a la mente otros textos, por ejemplo: Ct 2,16: “Mi Amado es para mí y yo soy para mi Amado”; o Sal 16,5: “Yahveh es la parte de mi herencia…”
  • Luego pregúntate: ¿Cuánto tengo yo de su santidad, de su pureza, de su humildad, de su alegría?
  • Aplica esto al área de tu vida donde más necesites de su Don, para desear tener lo que es tuyo porque es de Jesús.

Esta puede ser una manera de hacerlo, pero el Espíritu Santo, con el mismo texto, te puede llevar a hacer mil reflexiones y darte otros textos y aplicaciones según Él quiera revelarte los misterios de Dios.

En la meditación también puedes usar la imaginación y traer a la mente la escena del pasaje que estás leyendo. Por ejemplo, si leíste el pasaje de la Samaritana, después de leer, releer, comparar textos y referencias y memorizar alguno de los textos del diálogo de Jesús con la Samaritana, puedes hacer lo que San Ignacio llama “la composición de lugar”, o sea, representar con la imaginación el encuentro de Jesús con la Samaritana.

Lo haces reflexionando en todos los detalles de ese encuentro. Por ejemplo: ¿cómo le habló Jesús? ¿Cómo era su tono de voz? ¿Qué sentimientos tenía la Samaritana? Etc., etc…

Después te detienes en una expresión o actitud concreta, tanto de Él como de la Samaritana, en lo que el Señor quiera hablarte.

También puedes repetir algún texto del diálogo que más te hable al corazón y puedes traer a la mente otros textos que te inspire el Espíritu Santo. Por ejemplo., si repites el texto que dice: “Señor, dame de esa agua”, puedes traer a la mente y musitar el Salmo 42,2-3: “Como jadea la cierva tras las corrientes de agua, así jadea mi alma en pos de Ti, mi Dios; tiene mi alma sed de Dios, del Dios vivo…”

Por último se cambian los personajes, y ya no es Jesús y la Samaritana; ahora en la escena, están Jesús y tú dialogando…

 

4. Orar

Sobre este punto seremos muy discretos, porque creemos que es difícil determinar y guiar semejante momento, que varía de persona a persona y que es el resultado y no el medio de la Lectio Divina.

En realidad, todo lo que hasta ahora hemos descrito es ya una forma de oración, pero es en este momento en el cual debes tomar conciencia de este hecho y sentirte más que nunca orante. La lectura y la meditación tienden a llevarnos a Dios.

Por eso San Agustín nos advertía: “Si el texto es oración, orad; si es gemido, gemid; si es agradecimiento, estad alegres; si es un texto de esperanza, esperad; si se expresa temor, temed…”

Se entra así en la conversación con Dios, y no podemos hacer otra cosa que una oración agradable. La Palabra ha venido a nosotros y ahora regresa a Dios bajo la forma de oración. También decía San Agustín: “Cuando escuchas a Dios, Él te habla; cuando oras, tú le hablas a Dios”. En este momento se cumple el movimiento, se cierra, se completa; y esta es la verdadera oración cristiana.

lectio-divina-orarLa oración meditativa es la que brota de un corazón tocado por la Palabra Divina: verdadero gotear del corazón herido por la espada de dos filos que es la Palabra de Dios. Él se me habrá entregado en la lectura y yo me entrego a Él en la oración.

La oración se puede iniciar con un tiempo de agradecimiento oral, verbal, sensible frecuentemente. Es un momento de encanto que puede desembocar en lágrimas de alegría. Aquí puedes decirle al Señor libremente lo que brota de tu corazón, palabras de amor, gratitud, admiración, adoración, etc., o puedes también traer a tu mente frases cortas de salmos u otros textos bíblicos que se convierten en ese momento en expresiones gozosas a Dios.

También puedes dejar que el Espíritu Santo te inspire cantos y vivir la Palabra que dice: “Recitad salmos, himnos y cánticos inspirados, cantad y salmodiad en vuestro corazón al Señor, dando gracias por todo a Dios Padre en nombre de nuestro Señor Jesucristo…” (Ef 5,19-20).

Este es el momento de dar respuesta a Dios a lo que te dijo en la lectura y meditación.

Siguiendo los ejemplos anteriores, en el ejemplo de las Bienaventuranzas, puedes darle gracias porque Él es tu riqueza, o pedirle que te haga pobre de verdad, o que saque de tu corazón los ídolos… En fin, como el Espíritu Santo te guíe.

También puedes cantar el canto: “Solo Dios, solo Dios… Tú mi tesoro, mi porción, mi delicia, Señor…” En fin, todo lo que puedas decirle al Señor como respuesta a lo que Él te ha dado al leer y meditar “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”.

En el ejemplo del pasaje de la Samaritana, puedes expresar al Señor tu gratitud por haberte encontrado con Él, entrando en un diálogo como si fueras la Samaritana, dejando que los afectos te lleven a un encuentro amoroso con el Señor. Aquí también te podemos auxiliar de algún salmo ( por ejemplo el Sal 45), o apropiarte de uno de los diálogos de Jesús y la Samaritana, o cantar algún cántico inspirado por el Señor, o en fin, decirle al Señor lo que ha significado y significa para ti cada encuentro con Él.

 

5. Contemplar

lectio-divina-contemplarDespués de este momento de la oración, sigue una fase de estupor y maravillas, en la cual la Palabra que te ha hecho gozar, cesa de estar junto a Dios, pero en tu interior es luz, camino, vida. No tienes ya la necesidad de hablar, de decirle cosas a Dios, o de cantar. Dejas que esta Palabra suba como incienso, sin ruido y pacíficamente al cielo. Es la fase de los gemidos inexplicables e inefables del Espíritu que apenas percibimos. Es el momento de descansar en esta Palabra, y es el Espíritu quien te eleva enteramente hacia Dios.

Coloquio sereno con Dios, sin otro deseo que el de permanecer a su lado. Presencia y cercanía que se van haciendo cada vez más silenciosas, como en un paseo entre amado y amada, en el cual, a un cierto punto, después del diálogo y la alegría de estar juntos, se permanece simplemente al lado. No se dice nada, hablan solamente los ojos, el corazón. Así, cada vez más cercano a Dios, conoces a fondo su pensamiento, sientes su Corazón descubierto en el texto y te abandonas en Él. No te queda sino contemplarlo.

Él está, no tienes necesidad de oír su Palabra.

Él ha entrado en la parte más interior y más profunda de tu ser. No te queda sino mirarlo y contemplarlo como María Magdalena a los pies de su Maestro. Admiración, sorpresa, estupor: la contemplación es esto. Es el mirar a quien es “el más bello entre los hijos de los hombres” (Sal 45). Es la experiencia de la fe.

Todo calla, todo está en calma, el corazón arde de amor, el alma está llena de alegría, la memoria llena de fuerza, la inteligencia de luz y el Espíritu entero inflamado de amor.

En la contemplación es inútil buscar y pensar. Reflexionar sobre Dios se convierte en una cosa estúpida cuando se está en su presencia.

A este nivel hay poco que decir. Solamente quien lo experimente podrá descubrir la profundidad de la contemplación, la anchura, la profundidad, la longitud y la altura del misterio de Dios.

 

6. Actuar

lectio-divina-actuarSi eres oyente de la Palabra debes convertirse en realizador de la Palabra. La escucha verdadera de la Palabra debe llevarte a la práctica de la Palabra.

La semilla ha sido depositada en buen terreno, ahora tu esfuerzo debe ser el permanecer en la Palabra: “Si permanecen en mi Palabra, serán verdaderamente mis discípulos…” (Jn 8,31).

La Lectio Divina no es solamente una escuela de oración, es también una escuela de vida. Dice San Ambrosio: “La Lectio Divina nos lleva a la práctica de las buenas obras, porque así como la meditación de la Palabra tiene por fin memorizarla, de tal forma que nos acordemos de las palabras meditadas, así la meditación de la ley, de la Palabra de Dios, nos impulsa y nos lleva a actuar”.

Debes estar dispuesto, entonces a obedecer la Palabra, a vivirla. Y para esto es necesario y te ayudará mucho sacar de la oración una conclusión, una meta, un propósito a realizar. ¿En qué momento? Cuando Dios te lo inspire.

Será bueno que tengas una libreta de anotaciones para que vayas escribiendo estos propósitos diariamente. También ahí podrás ir anotando los textos bíblicos a memorizar durante el día, y algunas ideas claves de tu meditación. Todo esto te ayudará para ir dándole cada vez más profundidad a tu Lectio Divina.

 

Como ves, aquí hay mucha riqueza… Esperamos, con todo el corazón, que estos consejos puedan servirte en tu vida de oración, que poco a poco puedas ir implementando la Lectio Divina como modo de orar con la Palabra de Dios tanto de forma personal como en tu grupo y en tu comunidad.

Si tienes dudas, comunícate con nosotras. También te invitamos a compartirnos tu experiencia en los comentarios, y todo lo que quieras aportar. Serás muy bienvenida/o.

Que Dios te bendiga, que su Palabra se vaya haciendo cada vez más parte de tu vida, y tú te vayas transformando cada día en un verdadero “hacedor” de la Palabra.

¿Quién es el protagonista de tu vida?

Hoy queremos comenzar esta reflexión contigo haciéndote una pregunta: ¿Quién dirige tu vida? ¿Quién es el protagonista?

Descubrir esto es fundamental. Porque si eres tú mismo el protagonista, el guía, el conductor de tu vida… entonces, déjame decirte, estás en serios problemas.

¿Te gustaría conocer al Gran Desconocido?

Ya llega Pentecostés y hoy te invitamos a acercarte un poquito a la Persona del Espíritu Santo y a su acción para conocerlo más, aprender a amarlo y a invocarlo en todo momento y así descubrir el gran regalo que la Iglesia ha recibido en esta Fiesta: la presencia y la acción del Espíritu Santo, Tercera Persona de la Santísima Trinidad, Dios mismo, Amor del Padre y del Hijo, Fuego, Viento, Guía, Luz…