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La Lectio Divina: el secreto para enamorarse de Dios

La Lectio Divina es una forma de Orar la Palabra

Queremos terminar esta serie de temas bíblicos que te ofrecimos en este mes de la Biblia hablando de algo que a las Discípulas de Jesús nos apasiona: la Lectio Divina. Hemos aprendido este método de leer, estudiar y meditar la Sagrada Escritura desde los inicios de nuestro Instituto. El Padre Pablo y la Madre Isabel, nuestros Fundadores, nos enseñaron a “orar la Palabra” a través de esta experiencia tan hermosa.

Y hoy te la compartimos tal como la recibimos. Esperamos que esta enseñanza sea de mucha bendición para ti, así como ha sido para todas nosotras. Tomamos este tema del libro “Orar la Palabra”, de Enzo Bianchi.

lectio-divina-para-recibir-graciaLa Lectio Divina es la manera más auténtica y más apta para leer la Escritura y recibir de ella la gracia. Los rabinos decían que la Palabra era la Presencia de Dios en la creación, presencia que el hombre hacía suya con la lectura, la meditación y la oración. Pues bien, son estos los tres momentos fundamentales de la Lectio Divina.

Este método judaico de asimilar la Palabra ha sido heredado por el cristianismo y es común a todos los Santos Padres de la Iglesia de Oriente y de Occidente.

Guigo el cartujo dice: “Buscad en la lectura y encontraréis en la meditación; insistid en la oración y encontraréis en la contemplación…”

 

Pasos de la Lectio Divina

La Lectio Divina consta de los siguientes pasos:

1.- La debes iniciar haciendo una invocación al Espíritu Santo con todo el corazón para que Él te revele la Palabra.

2.- Luego haces la lectura con una actitud de escucha. Lees y relees con atención y comparas textos.

3.- Pasas a la meditación, que es necesaria para asimilar lo leído. Aquí es muy importante que uses la memoria, la imaginación y el razonamiento:

  • Es bueno que memorices textos que te ayuden a profundizar en lo leído.
  • De lo memorizado escoges textos fuertes que te digan algo al corazón y reflexionas sobre ellos.
  • Luego escoges frases cortas y las repites con el corazón y con la mente (esto se llama musitar).
  • Sigues reflexionando sobre ellos para aplicarlos a tu vida. Con la imaginación puedes representar las escenas que leíste, repetir mentalmente esas escenas y algunos textos al mismo tiempo e involucrarte en ellos hasta experimentar un diálogo profundo, un estar con Dios.

4.- Después continúa la oración. Aquí debes dejar que los pensamientos, sentimientos y afectos te ayuden a dirigirte al Señor, tomando como punto de referencia algo de lo que leíste y meditaste. Es un dar respuesta a Dios en lo que te dijo en su Palabra.

5.- Luego sigue la contemplación. A esta llegarás como en una culminación natural de tu oración. Es el momento de estar con Dios, de permanecer a su lado, de disfrutar de su presencia.

6.- Por último, terminas con la acción. De toda esta experiencia es bueno aterrizar en algo concreto que puedas aplicar en tu vida práctica, para que así seas no solo “oidor”, sino sobre todo “hacedor” de la Palabra. Es el consejo del apóstol Santiago: “Poned por obra la Palabra y no os contentéis solo con oírla, engañándoos a vosotros mismos. Porque si alguno se contenta con oír la Palabra sin ponerla por obra, ese se parece al que contempla su imagen en un espejo… En cambio el que considera atentamente la Ley perfecta de la libertad y se mantiene firme, no como oyente olvidadizo sino como cumplidor de ella, ése, practicándola, será feliz…” (St 1,22-25).

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Breve explicación de cada uno de los momentos de la Lectio Divina

A continuación vamos a desarrollar un poco más detalladamente cada uno de los pasos de la Lectio Divina.

 

1. Pedir el Espíritu Santo

San Efrén, el Sirio aconsejaba: “Antes de la lectura, ora y suplica a Dios que se te revele”. Esta es la actitud primera y fundamental que debes tener cuando te introduces en la Lectio Divina: pedir que el Espíritu de Dios venga a iluminar todo tu ser, para que sea posible el encuentro con el Señor. Nuestra realidad es, de hecho, la de los hombres ciegos que deben gritar: “¡Señor, haz que yo vea!” “¡Señor abre mis ojos y mi corazón!”

Cuando pides el Espíritu Santo debes tener la certeza de que se te dará, porque esta es la única petición que será siempre escuchada con certeza. El Espíritu Santo es “la Cosa Buena” por excelencia que el Padre no puede nunca negar (cf. Lc 11,13).

La Palabra se hace fecunda si el Espíritu de Dios anima al que la lee. El místico belga Guillaume de Saint-Thierry decía: “En el mismo Espíritu en el cual fueron escritas las Escrituras desean ser leídas, y en el mismo Espíritu deben ser interpretadas…” Y San Gregorio Magno: “El mismo Espíritu que ha tocado el alma del profeta, toca el ánimo del lector…”

El Espíritu Santo dispone tu interior

lectio-divina-pedir-espiritu-santoLa acción del Espíritu Santo resulta esencial si no quieres caer en la escucha de una letra muerta, o como máximo, en un estudio puramente intelectual y especulativo de la Sagrada Escritura.

La venida del Espíritu Santo, preparada con la oración y la docilidad, producirá en tu corazón el desapego de las cosas, de los demás y de ti mismo. Es necesario ese despojo de ti mismo. No puedes prestar atención a la Palabra de Dios si no haces callar el ruido en tu interior. No puedes ponerte a leer, si el centro de tu atención es tu yo. No puedes ser libre frente a la acción divina, si reservas algo para ti mismo y no te abandonas totalmente a Él. El Espíritu Santo te ayudará a poner freno a la efervescencia de los pensamientos que te angustian y que brotan de tu corazón como agua en ebullición.

Eleva tu corazón y todo tu ser a Dios, con una actitud de escucha hacia el Señor que te habla. Es una atención no solo al mensaje, sino a quien pronuncia el mensaje.

Lo que se te pide en el diálogo misterioso con Dios, es que seas ante todo oyente atento. Si pides el Espíritu Santo, si te entregas a Él, seguramente recibirás la iluminación necesaria para leer.

 

2. Leer

Si es verdad que es importante saber orar, es también verdad que es importante saber leer. Una buena lectura te llevará a la comprensión, a la inteligencia de la Escritura, al verdadero conocimiento.

Elementos indispensables en la lectura para que sea auténtica

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  1. Tiempo determinado: La lectura requiere un tiempo determinado, un tiempo fijo, un tiempo oportuno. A la Lectio Divina no pueden dársele recortes de tiempo; ella como la oración, no puede ser de ninguna manera un relleno del día.
  1. Lugar adecuado: También requiere un lugar que favorezca la calma, el silencio, la soledad. Sin el recogimiento, sin el silencio externo, no es posible una espera de Dios. Debes buscar un lugar sin ruidos, sin distracciones.
  1. Orden: Debes tener un orden en la lectura y no se debe ni se puede tomar textos al capricho según el estado de ánimo, la necesidad o la preferencia. Es por eso muy recomendable que sigas el orden de la liturgia, que propone unos textos bíblicos determinados para leer diariamente. Debes leer en cada día lo que toca leer sin seleccionar el texto. Déjate conducir obedientemente a donde la intención del Espíritu Santo quiera conducirte.
  1. Constancia: La constancia en la Lectio Divina es el signo y la medida de nuestra vida espiritual. No se puede ser espigadores distraídos de la Biblia, sino que se requiere sumergirse en ella. Debes llegar a estar tan familiarizado con ella que llegues a poseerla en la profundidad de ti mismo y a retenerla como memoria. Isidoro de Sevilla decía: “Quien quiera estar siempre unido a Dios, debe leer frecuentemente… y escuchar con gusto la Sagrada Escritura…” Por eso debes acostumbrarte a leer y releer la Escritura, a fin de que ella penetre tu espíritu y tu cuerpo de creyente. Los Padres antiguos tendían a una tal asiduidad, que se aprendían de memoria los textos de la Escritura, y no sólo porque su cultura era oral, sino porque en la memorización, así como para nosotros en la lectura continua, es posible hacer memoria o revivir la Palabra. Ya el autor del Salmo 119 musitaba, repetía las palabras interiormente, leyendo y releyendo los pasajes de la Escritura. Lee y relee la Escritura, musita interiormente leyendo y releyendo; busca los textos paralelos, las concordancias y las explicaciones al pie de página de la Biblia… esto te hará lector asiduo de la Palabra, hombre o mujer de la Palabra.
  1. Leer con todo el ser: Leer el texto no basta en la lectura, se trata de escuchar la Palabra de manera vital, porque es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo quienes hablan. Por eso debes hacer la lectura con todo el ser: con el cuerpo, porque se pronuncian las palabras con los labios; y con la memoria que las fija en la inteligencia y comprende su sentido. El fruto de esta lectura es la experiencia con Dios. Tu actitud en este sentido debe sintetizarse en esta frase: “Habla, Señor, que tu siervo escucha…” Esta experiencia de Dios a veces es tan profunda que te puede llevar al llanto, como le pasaba al pueblo de Israel, que a la lectura de la Palabra hecha por Esdras, lloraba (cf. Ne 8,9).
  1. Leer con una actitud de fe: La Palabra de Dios se nos ha dado con el fin de la edificación espiritual y de la caridad, no con el fin de la cultura o la erudición. Así pues, buscar la lectura a través de la inteligencia y los medios culturales, es muy conveniente, pero lo que cuenta es la fe que debe iluminar la inteligencia, fe que es punto de partida y término de la reflexión, que es la única condición indispensable para buscar a Cristo en el texto. No la erudición sino la unción, no solo el conocimiento de datos y de hechos, sino la presencia de Dios, eso es lo que debes buscar.

Pasos a seguir en el momento de la lectura

1.Leer y releer (con tiempos de silencio). La primera lectura es bueno hacerla en voz alta.

2.Buscar textos paralelos, concordancias y explicaciones al pie de página.

 

3. Meditar

El Salmo 119 dice: “En el silencio de la noche medito tu Palabra… de día y de noche medito tu Palabra…”lectio-divina-meditar

San Ambrosio decía: “Mediten cada día la Palabra de Dios. Tomen como consejeros a Moisés, Isaías… Pedro, Pablo, Juan… tomen como modelo supremo a Jesucristo para poder llegar así al Padre. Hablen con ellos, mediten con ellos todo el día…”

La parte mas importante que ha de buscarse es la “ruminatio” = rumiar, masticar la Palabra. Tal término es aplicado a la Palabra para indicar la acción con la cual se asimila la Palabra leída, oída y comprendida. Es el gustar y ver cómo es bueno el Señor.

La meditación o ruminatio difiere de la simple lectura tanto cuanto difiere la amistad de un encuentro pasajero, o el afecto que nace de contactos frecuentes de un saludo casual.

Si en la lectura es la atención la que más se pone a trabajar; en el meditar es la memoria la que debe intervenir de manera intensa. Para asimilar completamente un pasaje de la Escritura debes llevarlo a la memoria y repasarlo incesantemente, descubrir el tema central, recordar las palabras e imprimirlas profundamente en tu corazón.

Este rumiar la Palabra es “comer” espiritualmente la Escritura, y así ella se convierte en alimento y bebida en la prolongada reflexión contemplativa. Recordar y tener presente las Escrituras no es, por consiguiente, un simple acto de memorización, porque se trata más bien de una “memoria del corazón”, que ha acogido en sí palabras e imágenes del texto bíblico.

La Lectio Divina compromete al hombre entero: murmullo de la Palabra, esfuerzo de atención del pensamiento, del sentimiento, de la memoria, con el fin de que las palabras se impriman en el corazón.

La “ruminatio”, el rumiar, es el medio privilegiado con el cual el texto se convierte en Palabra y revive en ti en modo nuevo. Es el método por el cual, como escriba sabio, puedes sacar de la Escritura cosas nuevas y viejas. Es el hacerte eco del rugido del león que es la Palabra potente de Dios.

Uno de sus frutos más bellos es la memoria que crea en ti de las acciones de Dios. El recuerdo de las maravillas de Dios viene de la lectura, y del retener las Escrituras nace la verdadera meditación. Es entonces la memorización y la ruminatio el inicio de la meditación.

Resumiendo, después de la lectura debes continuar con la ruminatio, y este rumiar te introducirá a la meditación.

La meditación es hacer pasar la Palabra de Dios a la vida, para que se convierta en un instrumento de oración. Meditar es buscar el sabor de la Escritura, no su ciencia.

Pasos en la meditación

  1. Memoriza algún texto.
  2. Entresaca algunas palabras y repítelas mentalmente. (esto es lo que se llama “musitar”).
  3. Reflexiona sobre ese texto. Hazte preguntas. (¿Qué dijo o hizo Jesús? ¿Cómo sucedió? ¿Para qué lo hizo? ).
  4. Trae a la mente otros textos que te inspire el Espíritu Santo y reflexiona sobre ellos, aplicándolos a tu vida.

Por ejemplo:

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  • Memoriza las bienaventuranzas (todo el texto o parte de él).
  • Luego trae a la mente solo el siguiente versículo y repítelo en tu interior: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos…”
  • Reflexiona: ¿Qué recompensa tiene el que es pobre de espíritu? ¿Qué es el Reino? O mejor… ¿Quién es el Reino? ¡Jesús mismo! ¡Jesús es entonces mi recompensa!
  • Trae a la mente otros textos, por ejemplo: Ct 2,16: “Mi Amado es para mí y yo soy para mi Amado”; o Sal 16,5: “Yahveh es la parte de mi herencia…”
  • Luego pregúntate: ¿Cuánto tengo yo de su santidad, de su pureza, de su humildad, de su alegría?
  • Aplica esto al área de tu vida donde más necesites de su Don, para desear tener lo que es tuyo porque es de Jesús.

Esta puede ser una manera de hacerlo, pero el Espíritu Santo, con el mismo texto, te puede llevar a hacer mil reflexiones y darte otros textos y aplicaciones según Él quiera revelarte los misterios de Dios.

En la meditación también puedes usar la imaginación y traer a la mente la escena del pasaje que estás leyendo. Por ejemplo, si leíste el pasaje de la Samaritana, después de leer, releer, comparar textos y referencias y memorizar alguno de los textos del diálogo de Jesús con la Samaritana, puedes hacer lo que San Ignacio llama “la composición de lugar”, o sea, representar con la imaginación el encuentro de Jesús con la Samaritana.

Lo haces reflexionando en todos los detalles de ese encuentro. Por ejemplo: ¿cómo le habló Jesús? ¿Cómo era su tono de voz? ¿Qué sentimientos tenía la Samaritana? Etc., etc…

Después te detienes en una expresión o actitud concreta, tanto de Él como de la Samaritana, en lo que el Señor quiera hablarte.

También puedes repetir algún texto del diálogo que más te hable al corazón y puedes traer a la mente otros textos que te inspire el Espíritu Santo. Por ejemplo., si repites el texto que dice: “Señor, dame de esa agua”, puedes traer a la mente y musitar el Salmo 42,2-3: “Como jadea la cierva tras las corrientes de agua, así jadea mi alma en pos de Ti, mi Dios; tiene mi alma sed de Dios, del Dios vivo…”

Por último se cambian los personajes, y ya no es Jesús y la Samaritana; ahora en la escena, están Jesús y tú dialogando…

 

4. Orar

Sobre este punto seremos muy discretos, porque creemos que es difícil determinar y guiar semejante momento, que varía de persona a persona y que es el resultado y no el medio de la Lectio Divina.

En realidad, todo lo que hasta ahora hemos descrito es ya una forma de oración, pero es en este momento en el cual debes tomar conciencia de este hecho y sentirte más que nunca orante. La lectura y la meditación tienden a llevarnos a Dios.

Por eso San Agustín nos advertía: “Si el texto es oración, orad; si es gemido, gemid; si es agradecimiento, estad alegres; si es un texto de esperanza, esperad; si se expresa temor, temed…”

Se entra así en la conversación con Dios, y no podemos hacer otra cosa que una oración agradable. La Palabra ha venido a nosotros y ahora regresa a Dios bajo la forma de oración. También decía San Agustín: “Cuando escuchas a Dios, Él te habla; cuando oras, tú le hablas a Dios”. En este momento se cumple el movimiento, se cierra, se completa; y esta es la verdadera oración cristiana.

lectio-divina-orarLa oración meditativa es la que brota de un corazón tocado por la Palabra Divina: verdadero gotear del corazón herido por la espada de dos filos que es la Palabra de Dios. Él se me habrá entregado en la lectura y yo me entrego a Él en la oración.

La oración se puede iniciar con un tiempo de agradecimiento oral, verbal, sensible frecuentemente. Es un momento de encanto que puede desembocar en lágrimas de alegría. Aquí puedes decirle al Señor libremente lo que brota de tu corazón, palabras de amor, gratitud, admiración, adoración, etc., o puedes también traer a tu mente frases cortas de salmos u otros textos bíblicos que se convierten en ese momento en expresiones gozosas a Dios.

También puedes dejar que el Espíritu Santo te inspire cantos y vivir la Palabra que dice: “Recitad salmos, himnos y cánticos inspirados, cantad y salmodiad en vuestro corazón al Señor, dando gracias por todo a Dios Padre en nombre de nuestro Señor Jesucristo…” (Ef 5,19-20).

Este es el momento de dar respuesta a Dios a lo que te dijo en la lectura y meditación.

Siguiendo los ejemplos anteriores, en el ejemplo de las Bienaventuranzas, puedes darle gracias porque Él es tu riqueza, o pedirle que te haga pobre de verdad, o que saque de tu corazón los ídolos… En fin, como el Espíritu Santo te guíe.

También puedes cantar el canto: “Solo Dios, solo Dios… Tú mi tesoro, mi porción, mi delicia, Señor…” En fin, todo lo que puedas decirle al Señor como respuesta a lo que Él te ha dado al leer y meditar “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”.

En el ejemplo del pasaje de la Samaritana, puedes expresar al Señor tu gratitud por haberte encontrado con Él, entrando en un diálogo como si fueras la Samaritana, dejando que los afectos te lleven a un encuentro amoroso con el Señor. Aquí también te podemos auxiliar de algún salmo ( por ejemplo el Sal 45), o apropiarte de uno de los diálogos de Jesús y la Samaritana, o cantar algún cántico inspirado por el Señor, o en fin, decirle al Señor lo que ha significado y significa para ti cada encuentro con Él.

 

5. Contemplar

lectio-divina-contemplarDespués de este momento de la oración, sigue una fase de estupor y maravillas, en la cual la Palabra que te ha hecho gozar, cesa de estar junto a Dios, pero en tu interior es luz, camino, vida. No tienes ya la necesidad de hablar, de decirle cosas a Dios, o de cantar. Dejas que esta Palabra suba como incienso, sin ruido y pacíficamente al cielo. Es la fase de los gemidos inexplicables e inefables del Espíritu que apenas percibimos. Es el momento de descansar en esta Palabra, y es el Espíritu quien te eleva enteramente hacia Dios.

Coloquio sereno con Dios, sin otro deseo que el de permanecer a su lado. Presencia y cercanía que se van haciendo cada vez más silenciosas, como en un paseo entre amado y amada, en el cual, a un cierto punto, después del diálogo y la alegría de estar juntos, se permanece simplemente al lado. No se dice nada, hablan solamente los ojos, el corazón. Así, cada vez más cercano a Dios, conoces a fondo su pensamiento, sientes su Corazón descubierto en el texto y te abandonas en Él. No te queda sino contemplarlo.

Él está, no tienes necesidad de oír su Palabra.

Él ha entrado en la parte más interior y más profunda de tu ser. No te queda sino mirarlo y contemplarlo como María Magdalena a los pies de su Maestro. Admiración, sorpresa, estupor: la contemplación es esto. Es el mirar a quien es “el más bello entre los hijos de los hombres” (Sal 45). Es la experiencia de la fe.

Todo calla, todo está en calma, el corazón arde de amor, el alma está llena de alegría, la memoria llena de fuerza, la inteligencia de luz y el Espíritu entero inflamado de amor.

En la contemplación es inútil buscar y pensar. Reflexionar sobre Dios se convierte en una cosa estúpida cuando se está en su presencia.

A este nivel hay poco que decir. Solamente quien lo experimente podrá descubrir la profundidad de la contemplación, la anchura, la profundidad, la longitud y la altura del misterio de Dios.

 

6. Actuar

lectio-divina-actuarSi eres oyente de la Palabra debes convertirse en realizador de la Palabra. La escucha verdadera de la Palabra debe llevarte a la práctica de la Palabra.

La semilla ha sido depositada en buen terreno, ahora tu esfuerzo debe ser el permanecer en la Palabra: “Si permanecen en mi Palabra, serán verdaderamente mis discípulos…” (Jn 8,31).

La Lectio Divina no es solamente una escuela de oración, es también una escuela de vida. Dice San Ambrosio: “La Lectio Divina nos lleva a la práctica de las buenas obras, porque así como la meditación de la Palabra tiene por fin memorizarla, de tal forma que nos acordemos de las palabras meditadas, así la meditación de la ley, de la Palabra de Dios, nos impulsa y nos lleva a actuar”.

Debes estar dispuesto, entonces a obedecer la Palabra, a vivirla. Y para esto es necesario y te ayudará mucho sacar de la oración una conclusión, una meta, un propósito a realizar. ¿En qué momento? Cuando Dios te lo inspire.

Será bueno que tengas una libreta de anotaciones para que vayas escribiendo estos propósitos diariamente. También ahí podrás ir anotando los textos bíblicos a memorizar durante el día, y algunas ideas claves de tu meditación. Todo esto te ayudará para ir dándole cada vez más profundidad a tu Lectio Divina.

 

Como ves, aquí hay mucha riqueza… Esperamos, con todo el corazón, que estos consejos puedan servirte en tu vida de oración, que poco a poco puedas ir implementando la Lectio Divina como modo de orar con la Palabra de Dios tanto de forma personal como en tu grupo y en tu comunidad.

Si tienes dudas, comunícate con nosotras. También te invitamos a compartirnos tu experiencia en los comentarios, y todo lo que quieras aportar. Serás muy bienvenida/o.

Que Dios te bendiga, que su Palabra se vaya haciendo cada vez más parte de tu vida, y tú te vayas transformando cada día en un verdadero “hacedor” de la Palabra.

Dos motivos y siete condiciones necesarias para leer la Biblia

 

Septiembre: el mes de la Biblia

 

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Durante todo Septiembre la Iglesia celebra el mes de la Biblia. La intención es que durante este mes en todas las comunidades cristianas se desarrollen algunas actividades que nos permitan acercarnos mejor y con más provecho a la Palabra de Dios. Por eso las Discípulas de Jesús queremos ofrecerte desde nuestro Blog Haciendo Discípulos una serie de enseñanzas que puedan ayudarte a conocer y amar más este gran tesoro que es la Sagrada Escritura.

La Biblia es la Palabra de Dios que existía desde siempre, que estaba con Dios, y era Dios. Como lo dice bellamente San Juan en el prólogo de su Evangelio: “En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios…” (Jn 1,1). La Biblia es el mismo Dios que se revela y se entrega al hombre. Por eso la Biblia, más que hablarte de Dios, es Dios hablándote.

Pero la Biblia es también la palabra del hombre hablando con Dios, con los demás hombres y consigo mismo. No hay libro más humano que la Escritura. En ella se manifiesta lo profundo del corazón del hombre, con sus gozos y esperanzas, sus luchas y temores.

En la Biblia se expresa el hombre con toda su generosidad, su limitación, su grandeza y su miseria. Por eso ella es el mejor espejo donde te puedes conocer a ti mismo. En la Biblia se nos manifiesta Dios, al mismo tiempo que el hombre. En ella te puedes dar cuenta de lo que eres para Dios, y te puedes ver como Dios te ve.

La Biblia es el libro más divino y más humano a la vez. Solo podrás ir comprendiéndola en la medida en la que te relaciones con ella. Así, la amarás más a medida que la comprendas mejor, y sobre todo, la conocerás mejor a medida que más la ames.

 

Dos motivos para estudiar la Biblia

Primer motivo: Para permanecer en Cristo

primer-motivo-permanecer-en-cristoJesús mismo nos exhortó en su discurso de despedida, durante la Última Cena: “Permanezcan en mí…” Particularmente en el capítulo 15 del Evangelio según San Juan esta es la idea que prevalece. Pero ¿qué significa permanecer en Jesús y en su Palabra? Significa estar unido a Él, desarrollar una relación íntima y personal con Él. Significa permitir que su Palabra llene tu mente, dirija tu voluntad y transforme tu corazón.

Para permanecer en Cristo y que su Palabra permanezcan en ti es imprescindible, entonces, que conozcas su Palabra. Y la Palabra de Dios no “está contenida” en la Biblia, la Palabra de Dios ES la Biblia.

Segundo motivo: Para que la Palabra te purifique

segundo-motivo-que-la-palabra-te-purifiqueCuentan que un novicio le dijo una vez a San Arsenio: “Padre, es que yo leo la Biblia y no me queda casi nada”. El santo entonces mandó al joven a sacar agua de un profundo pozo con un canasto empolvado y sucio. Después de una hora le preguntó: “¿Has logrado sacar agua?” “Nada, nada… -respondió el discípulo- Todo se sale por las rendijas del canasto.” “¿Y el canasto cómo ha quedado?” preguntó el maestro. “Ah, el canasto sí ha quedado totalmente limpio, sin polvo y sin basura.” “Mira, le dijo San Arsenio: Eso es lo que hace en tu vida la lectura de las Sagradas Escrituras. Aunque no se te quede casi nada en tu memoria, la Palabra Divina te va manteniendo el alma pura y limpia y va alejando de ti la mancha del pecado y la basura de los vicios…”

 

Siete condiciones necesarias para leer la Biblia

Primera condición: orar

Nadie comprenderá bien la Biblia si no reza al Señor pidiéndole que le ilumine y que le haga entender bien esos consejos divinos. Por eso siempre es importante que inicies tu tiempo de lectura o estudio bíblico invocando la asistencia del Espíritu Santo. ¡Quién mejor que Él, que inspiró la Sagrada Escritura, podrá guiarte en la apasionante experiencia de leerla, meditarla y guardarla en tu corazón!

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Segunda condición: leer despacio

En la lectura, como en la comida, lo que aprovecha no es la cantidad sino lo bien que se digiera. Lo que te aprovechará no es que leas muchas páginas a la vez, sino que pienses y medites en lo que lees, que lo relaciones con tu vida, que hables con Dios acerca de lo que estás leyendo.

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Tercera condición: leer con humildad

O sea, no leas para parecer sabio o para poder decir que has leído toda la Biblia, o que te sabes tal o cual libro de la Escritura de memoria. Lee para amar más a Dios y al prójimo, para hacer lo que a Dios le agrada y para abstenerte de todo lo que le pueda disgustar al Señor.

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Cuarta condición: no buscar ciencia profana sino un mensaje espiritual

La Biblia no es un libro de historia ordinaria, ni un libro de ciencias que te va a enseñar cómo se formó el mundo, o cómo es el hombre, o cómo fue la historia de un acontecimiento, o la geografía de un lugar. Es un libro espiritual que te enseña qué le gusta y qué le disgusta a Dios, y qué debes hacer para agradarlo siempre, para ser feliz, para vivir en santidad.

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Quinta condición: no dejar pasar un día sin leer un párrafo de la biblia

Porque el enemigo del alma es muy astuto y cada día te pondrá alguna excusa para no leas la Palabra de Dios. Hoy será: “estoy cansado”, mañana “no tengo tiempo”, al otro día “estoy sin ganas de leer”, al siguiente “no entiendo”, y así pasarán los días y al final del año no habrás leído nada y te habrás quedado sin aumentar tu amor a Dios, sin romper con tus pecados y sin progresar en tu vida espiritual. Por eso, pase lo que pase, no debes dejar pasar un solo día sin leer la Biblia.

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Sexta condición: leer las explicaciones o pedirlas

Hay páginas de la Biblia que no se entienden fácilmente. Entonces debes leer las notas explicativas que trae, o pedirle a alguien que te explique ese pasaje. Esto te será de mucho provecho.

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Séptima condición: leerla en el orden más fácil para entenderla

La Biblia no es para leerla toda de corrido, como un libro cualquiera. Si quieres poder entenderla bien y sacarle el máximo provecho para tu vida es conveniente que la leas según un orden específico. En el próximo post te daremos algunas recomendaciones sobre el orden en que conviene leer la Biblia.

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Hasta aquí el post de hoy. Esperamos que haya despertado en tu corazón el deseo de profundizar en el conocimiento de la Palabra de Dios y el compromiso de leerla cada día. Recuerda que hasta finales de septiembre estaremos publicando mucho más sobre este tema, así que… ¡no te lo pierdas!

Dios te bendiga.

Orar: la experiencia maravillosa de estar en los brazos amorosos de tu Padre Dios

 

No cabe duda: el hombre es un "buscador de Dios". Hemos sido creados por Él y para Él, y, como lo expresa el gran San Agustín, nuestro corazón está inquieto hasta que no descansa en Él.

Es una gran noticia sabernos "capaces" de conocer y buscar a Dios, de reconocer su gloria, su grandeza y su poder, y sobre todo, de comunicarnos con Él. Así lo expresa el Catecismo de la Iglesia Católica en el número 2566:

"El hombre busca a Dios. Por la creación Dios llama a todo ser desde la nada a la existencia. Coronado de gloria y esplendor (Sal 8, 6), el hombre es, después de los ángeles, capaz de reconocer ¡qué glorioso es el Nombre del Señor por toda la tierra! (Sal 8, 2). Incluso después de haber perdido, por su pecado, su semejanza con Dios, el hombre sigue siendo imagen de su Creador. Conserva el deseo de Aquel que le llama a la existencia. Todas las religiones dan testimonio de esta búsqueda esencial de los hombres (cf. Hch 17, 27)."

Y de ese afán de buscar a Dios, surge la necesidad de la oración, que es, a la vez que una necesidad humana, un llamado que Dios hace a cada uno para que nos comuniquemos con Él.

Pero… ¿Qué es ORAR? ¿Cómo podríamos definir la oración?

 

Orar es un diálogo de amor

Posiblemente te haya pasado que cuando piensas en la oración, inmediatamente se te viene la idea de que orar es hablar, hablar, hablar… Esto te hace pensar que el protagonista eres tú, y olvidas que la oración es cosa de dos. Es un encuentro entre Dios y tú, y que por lo tanto también implica escuchar.

Ciertamente la oración es un diálogo, pero un diálogo en un clima de amistad y amor. A casi nadie le gusta hablar con un desconocido. Seguramente disfrutas mucho más cuando hablas con un amigo que cuando lo haces con alguien a quien apenas conoces, y cuando realmente amas a alguien, puedes pasarte horas hablando con él y al final sientes que el tiempo ha sido poco.

Con razón decía Santa Teresa que orar es “tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama”. Y este modo de orar requiere una experiencia personal, ya que solo puedes hablar así con Jesús si Él es tu verdadero Amigo.

Como decíamos antes, con un desconocido es difícil hablar, no sabes qué decir, no tienes confianza. Con Jesús no puede pasarte esto: si quieres orar necesitas conocerlo profundamente, confiar en Él, abrirle tu corazón. Y ¿cómo crecer en esta confianza y en este conocimiento de amor? Precisamente también a través de la oración.

 

Orar es confiar

orar-es-confiarNo es difícil orar. Solo tienes que hablar con Dios con sencillez y naturalidad, usando tus propias palabras. No siempre necesitas hacerlo en voz alta; también puedes hablarle solo con el corazón.

Es necesario que confíes en Él. Puedes decirle lo que sea: contarle tus preocupaciones, tus dudas, tus miedos… Y también tus logros, tus victorias. Puedes decirle las cosas en las que necesitas que te ayude… Incluso puedes contarle todo lo que te ha sucedido en el día, tal como lo haces con la gente a la que quieres y tienes confianza.

Cuando Jesús nos enseña sobre la oración dice: Tú, cuando ores, entra en tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6,6). Jesús dice esto porque quiere verte a solas, como un padre que se sienta a hablar cariñosamente con su hijo sobre las cosas más privadas, más trascendentes y más importantes.

 

Orar es amar y dejarse amar

Bien puede decirse que la oración entraña una doble experiencia: la de amar y la de dejarse amar. Cuando oras tú te entregas amorosamente a Dios y Él a su vez te llena de un amor que no solo te sana, sino también te libera de toda amargura, de toda soledad y de todo aquello que no te permite experimentarte verdaderamente libre.

En la oración Dios te hará experimentar su amor, su ternura, su protección. Por eso orar es darle a Dios la oportunidad de sanar tus heridas, tus tristezas, tus soledades. ¡Quien ora nunca se puede sentir solo!

orar-es-amar-y-dejarse-amarOrar es dejar que Dios abrace tu basura, como reza un Himno de la Liturgia de las Horas. En la oración Dios toma tu vida con todo tu pecado, con tu pobreza, con tu miseria, y te llena de su amor, de su pureza, de su gracia. Cuando oras Dios transforma tu vida, te une profundamente con Él y te hace su casa, su sagrario, su propiedad.

Por eso la oración te cristifica, es decir, te hace “otro Cristo”, te hace uno con Él. Al orar vas asumiendo todo su ser: su manera de pensar, sus sentimientos, su forma de amar, de tratar a los demás… Y así quienes te vean verán a Cristo, quienes te escuchen escucharán a Cristo, quienes se relacionen contigo sentirán que se encontraron con Cristo… Y de ti podrán decir como una vez dijeron del Santo Cura de Ars: “He visto a Dios en un hombre”.

 

Orar implica todo tu ser

San Marcos nos cuenta en su Evangelio que una vez se acercó a Jesús un escriba para preguntarle cuál es el primero de los mandamientos. La respuesta de Jesús fue muy clara: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas” (Mc 12,30).

Así es como Dios desea ser amado y así es, entonces, como debe ser tu oración, que es la expresión de tu amor por Él: una experiencia que compromete todo tu ser:

  • Todo tu corazón, porque el corazón es el centro de la vida, es el lugar de las decisiones, de la voluntad. De tu corazón nace el querer, el deseo de orar, de hablar, de compartir con Dios.
  • Toda tu alma, es decir, con tus afectos, con tu sensibilidad, con tus sentimientos. Esto implica orar con la calidez y la ternura de un hijo; con el amor y el cariño de un amigo.
  • Toda tu mente, porque cuando oras debes estar pensando en Dios, centrado y concentrado en Él. Debes ser consciente de su amor, de su presencia. Recuerda que lo que se hace inconscientemente no tiene valor.
  • Todas tus fuerzas, es decir, con pasión, porque Dios desea ser amado como la único, lo principal, lo esencial de tu vida, con prioridad por sobre todas las cosas. Además, debes orar con todas tus fuerzas físicas, es decir, con tu cuerpo: se ora con el lenguaje corporal, con la expresión de tu rostro y de tus manos, con las posturas… Todo debe expresar tu conciencia de estar con Dios, de hablar con Alguien que está contigo, que te mira, que te ama y te escucha, a quien le interesas… porque te ama.

 

Orar es una necesidad

Para el cristiano la oración es una necesidad, es algo esencial. No puede ser una opción. Jesús mismo lo experimentaba así y por eso decía: “Mi alimento es hacer la voluntad del Padre” (Jn 4,34).

orar-implica-todo-tu-serEn un post que publicamos hace un tiempo decíamos que una clave para vivir con coherencia la fe en medio de las dificultades de la vida es mantenerte unido a Jesús a través de la Eucaristía y alimentarte de Él. Puedes leerlo aquí:

Hoy completamos esa idea diciendo que la experiencia de la oración es otra clave para que vivas tu cristianismo, ya que en la oración Dios fortalece tu fe, te sana, te equipa y te envía al mundo para ser ahí sal y luz, fermento y levadura, otro Cristo que ame y levante a los hermanos que sufren…

También te invitamos a escuchar esta breve reflexión en la que la M. Rocío, Discípula de Jesús, te da algunas otras pautas acerca de lo que Dios hace en tu vida cuando oras:

Te invitamos a compartir tu experiencia de oración en los Comentarios. Recuerda que la fe se fortalece cuando la compartimos…