NUESTRA VIDA FRATERNA
¡Después de Dios, lo más importante para nosotras son
nuestras hermanas!

Como hijas del Padre celestial, hermanas y discípulas de Cristo en el Espíritu Santo, vivimos vida de fraternidad en común y después de nuestra relación con Dios, nuestra vida de relaciones fraternas en el Instituto, es nuestra prioridad.
Jesús formó una comunidad con sus discípulos y nosotras como Discípulas de Jesús, tenemos la encomienda de formar comunidad, no sólo hacia fuera, sino principalmente hacia adentro, entre nosotras. Queremos ser en la Iglesia y en el mundo, testimonio de vida comunitaria, fermento, renuevos de vida fraterna.
Nuestra vida de fraternidad tiene como modelo y fuente la relación de amor y de diálogo pleno de la Santísima Trinidad.
Somos conscientes que para vivir la fraternidad necesitamos pasar del YO al NOSOTROS. Nos sabemos llamadas a crecer en nuestra capacidad de relacionarnos y abrirnos a profundizar en el amor de Dios que nos sana y capacita para vivir esta experiencia de amor fraterno.
Teniendo a Dios como centro de nuestra vida afectiva, todas nuestras relaciones tratamos que sean en la luz, en la pureza, en la verdad, en la caridad y en el respeto.
Creemos que unas relaciones sanas, crearán un ambiente de paz, de alegría, de libertad, de caridad, de ayuda mutua y de respeto, que favorezca el testimonio hacia fuera.
Deseamos ser mujeres sanas afectivamente y teniendo a Dios como el centro de nuestros afectos, aprovechamos toda la riqueza y gama de afectos que Dios nos regale en nuestro Instituto, en nuestra familia y demás personas, para amarle en ellas.
Creemos que cada hermana es un don de Dios para el Instituto, por lo tanto, nos esforzamos por amarnos unas a otras aceptándonos en nuestra propia realidad y en el plan de igualdad, por encima de la diversidad de caracteres, costumbres, talentos y cualidades. Así, deseamos vivir el mandato de Jesús que dice: “En ésto conocerán todos que sois discípulos míos: Si os tenéis amor los unos a los otros” Jn 13,35.
La vida de comunión fraterna, para que sea auténtica, exige de nosotras plena adhesión a Cristo y a los ideales y estilo de vida que nos hemos propuesto. Sólo así seremos solidarias, deseamos luchar juntas y a dar la vida unas por otras.
Además, participamos de corazón en la vida de la fraternidad, sobre todo en la oración común, en la convivencia fraterna, en el apostolado, en los servicios y quehaceres domésticos, así como en la entrega para el bien común de todas las ganancias o regalos percibidos por cualquier título. Todas en el Instituto somos hermanas y tenemos la misma dignidad aunque desempeñemos distintos oficios, cargos o ministerios.
Para fomentar la caridad fraterna, nuestras relaciones son de respeto y fidelidad, honrándonos y sirviéndonos unas a otras con caridad, favoreciendo las buenas iniciativas y alegrándonos por el feliz resultado del trabajo de las demás.
Buscamos que todas nuestras relaciones fraternas sean afectuosas y sinceras, dispuestas siempre a resolver cualquier conflicto que surja entre nosotras, abiertas a recibir corrección y enseñanza unas de otras, deseosas de animarnos y fortalecernos. La norma que debemos seguir para la reconciliación fraterna es la que nos enseña el Señor.
Estamos dispuestas a compartir con libertad y confianza lo que nos pasa, no tratando de ocultar nuestros fracasos y errores, aprovechamos por ello las oportunidades que tenemos para compartir lo que hemos estado haciendo, las experiencias que hemos tenido, lo que el Señor nos ha enseñado, lo que hemos leído, oído o visto, que glorifique a Dios y edifique a las hermanas.
Escuchamos con interés lo que las hermanas comparten, de tal manera que podamos reír con la que ríe y llorar con la que llora, ya que es una forma como el Señor edifica y fortalece nuestra hermandad.
Aprovechamos las oportunidades que tenemos para mostrarnos respeto, afecto y cariño fraterno con naturalidad y sobriedad. Constantemente nos animamos a tener una actitud de fe, gozo y fervor. Evitamos actitudes negativas como temor, desaliento, egocentrismo, individualismo, desconfianza, envidia, etc.
Evitamos a toda costa las formas negativas de comunicación, como decir indirectas, la murmuración, el chisme, la burla, la queja, la crítica, el espíritu de competencia y rivalidad, el humor negro y lo que no fortalece en el Señor.
Nuestra meta es vivir la palabra del Señor que dice:
ACTIVIDADES QUE FAVORECEN NUESTRAS RELACIONES:
Las comidas
Buscamos acudir a la mesa con gozo, sabiendo que es una oportunidad de encontrarnos con las hermanas. Con actitud abierta, deseosas de compartir nuestra vida y de escuchar a las hermanas.
Este es un tiempo que consideramos sagrado, tan importante como el tiempo de estar en la Capilla, pues a Dios amamos cuando amamos a nuestras hermanas (1 Jn 4,21).
Tratamos de propiciar un ambiente de libertad, orden, paz, armonía y alegría durante este tiempo de tomar los alimentos.
En el desayuno, después de un breve tiempo de compartir libremente, leemos la lectura del Oficio y la comentamos. También se dan avisos o se informa de las actividades del día.
En la comida, compartimos libremente en un primer momento, después una de nosotras coordina el orden de compartir. Todas las hermanas tenemos la oportunidad de compartir nuestras experiencias, lecturas, trabajo, gozos, nuestra oración, etc. Podemos también hacer la lectura de un libro de interés común. Se dan avisos o se informan las actividades a realizar en la tarde. Tratamos de vivirlo en un ambiente de espontaneidad y orden.
En la noche, en un ambiente informal pero de apertura al diálogo, tomamos los alimentos interesándonos por lo que las hermanas comparten y con una actitud abierta a compartir lo que hemos vivido durante el día.
Procuramos que nuestras diversas actividades no nos impidan estar juntas, especialmente en la hora de la comida fuerte del día. Tratamos de evitar todas las interferencias que puedan entorpecer nuestra convivencia fraterna.
El día familiar.
Un día a la semana, el que más se acomode a nuestras diversas actividades, para convivir más informal, libre y gozosamente. Dedicamos la tarde o la hora de la comida y un tiempo más, para ir a algún parque o lugar recreativo, a jugar, hacer deporte o simplemente convivir, o nos quedamos en casa en una actividad recreativa.
La célula.
Es un momento fuerte de encuentro con las hermanas. Procuramos hacerla cada semana. En cada casa hay una o dos células, o más, según el número de hermanas. Cada célula es de 4 a 7 hermanas y tiene una responsable que generalmente es la Superiora o la formadora.
Esta reunión es para profundizar más en nuestro compartir; para ser escuchadas, apoyadas, corregidas y animadas por todas las hermanas. Nuestro compartir puede ser libre o basarse en un tema escogido previamente; o para revisar áreas básicas de nuestra vida, como la relación con Dios, relación con las hermanas, apostolado, compromiso en el Instituto, o cualquier área de formación que consideremos necesario tratar.
La célula puede llevar la siguiente dinámica:
- Un tiempo de oración, en el cual nos disponemos para compartir en la presencia del Señor.
- Un tiempo de compartir. Aquí se escucha a cada hermana y se le da, por parte de todas, consejo, apoyo, corrección, etc.
- Un tiempo para orar unas por otras.
- En ocasiones, la célula será más informal, para honrar a la hermana por su cumpleaños o darle la bienvenida a alguien, etc.
- La célula es una experiencia que verdaderamente edifica nuestras vidas.
La entrevista personal o diálogo.
Es una charla con nuestras superioras o formadoras, para nosotras es muy necesaria, mínimo tratamos de tenerla cada mes. Esta favorece grandemente la relación con nuestras superioras y nuestro crecimiento.
El objetivo es ayudarnos a crecer. Puede hacerse libre y espontáneamente o tocando áreas muy concretas como: relación con Dios, relaciones en general, estudio, apostolado, problemas, etc. Todo lo que se necesite tratar para ayudarnos a crecer.
Tratamos de ser abiertas al compartir nuestra vida y recibir dirección de Dios a través de la encargada de darnos la entrevista y ella por su parte, ora para ser instrumento eficaz de Dios en el cuidado de nuestras vidas.
Aprovechamos toda oportunidad para expresar amor, cuidado y servicio a las hermanas. Tratamos de vivir en la luz, hablando directamente entre nosotras, evitando así el chisme y la murmuración, que son el peor veneno para la vida fraterna.
Tratamos de vivir en paz unas con otras viviendo la palabra de Dios que dice: “Que no se ponga el sol mientras estéis enojados” Ef 4.26.
Buscamos que nuestras relaciones sean incluyentes, que nuestras preferencias o afinidades no estorben o destruyan la común unión de todas.
Tratamos de cultivar con equilibrio la relación con nuestra familia, pues eso nos da salud afectiva. Si vivimos en la ciudad donde ella se encuentra, podemos visitarla cada mes. Si vivimos fuera, podemos escribir o hablar por teléfono. Cuando sea necesario, por causa de enfermedad o reuniones familiares importantes, podemos visitarles, si las circunstancias lo permiten con previo permiso.
Sólo durante el primer año de noviciado es conveniente distanciarnos de ella para poder vivir intensamente esta etapa de formación. Una semana al año podemos visitar a nuestras familias.
Tratamos de que nuestra vida afectiva encuentre su plenitud en la profunda relación de amor con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, en quien encontramos el amor pleno de padre, hermano, amigo, esposo, maestro, consejero, médico, pastor, en fin todas las relaciones que necesitamos tener para ser mujeres sanas afectivamente.
También en el amor de la Virgen María encontramos el amor de una madre, amiga, maestra, hermana.
Deseamos ser mujeres capaces de tener una vida afectiva sana,
rica en relaciones con los que nos rodean, sabiendo que amamos a Dios en ellos.
